martes, 28 de julio de 2015

La nueva política exterior financiera de Rusia

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La política exterior de la Rusia actual es tan diferente del rumbo que seguía en los años 90 que muchos ya empiezan a comparar a Rusia con la URSS. Hay que reconocer que esta comparación no es del todo carente de fundmento, pero la realidad es que las semejanzas solo son aparentes.


Autor: Dmítriy Mashínnikov (historiador)
Traducido por Antonio Airapétov para la revista Sin Permiso
Original
Desde la llegada de Putin al poder, entre sus objetivos ha estado la recuperación del poder y la respetabilidad internacional de Rusia. Pero a principios de los 2000 evidentemente faltaban recursos para ello. Muchos problemas internos estaban pendientes de solución, especialmente acuciante se presentaba la cuestión de Chechenia. Por otro lado, la primera mitad de los 2000 fue un período de guerras oligárquicas que no solamente distraían la atención de los mandatarios de los asuntos internacionales sino que hacían muy arriesgadas estas actividades para el bando del poder.

También existían razones eminentemente económicas que obstaculizaban la provisión de una política exterior activa en aquellos tiempos. La debilidad del capital ruso, la escasa capitalización del sector de los negocios, su división y sus guerras intestinas... todo ello impedía invertir activamente en el exterior. El Estado y sus finanzas eran muy débiles, una enorme deuda externa y problemas infraestructurales internos a los que se enfrentaba la economía impedían prestar un apoyo financiero directo a regímenes amigos.
El propio Estado ruso siguió siendo durante mucho tiempo un importante prestatario del Fondo Monetario Internacional y otras entidades financieras internacionales. Si bien, pese a ello, Rusia en todo momento retuvo algunas palancas que le permitieron ejercer una influencia económica en regímenes amigos y no tan amigos.
Para los países de la CEI esas palancas eran las tarifas del gas, así como la apertura del mercado ruso y la capacidad de acogida de trabajadores inmigrantes desde los países de la CEI. Pero allí donde no se daba una dependencia de los suministros o donde las élites locales rompían, incluso en perjuicio de sus propias economías, con Rusia, las relaciones políticas con Rusia se enfriaban sensiblemente. Los ejemplos más claros en ese sentido son los países bálticos y Turkmenistán. Este último, energéticamente dependiente de Rusia en un principio, no ingresó en ninguna de las organizaciones políticas o militares del espacio postsoviético.

Más complejas eran las relaciones con Azerbaiyán. Si bien se trataba de una autocracia petrolera, este país no podía seguir el ejemplo de Turkmenistán por varios motivos. En primer lugar, la mayor parte de los ciudadanos de ese país no residen en Azerbaiyán sino en Rusia. Por tanto, un empeoramiento de las relaciones con Rusia repercutiría de manera muy inmediata en la situación de esos ciudadanos y sus vínculos con la patria histórica. Por otro lado, la economía azerí sería la primera perjudicada por un empeoramiento de las relaciones con Rusia, dado que, de forma natural, se reduciría el flujo de remesas enviadas por los emigrantes azeríes. Rusia tamién es central en la solución del conflicto de Karabaj: las élites no solamente de Azerbaiyán, sino también de Armenia, recurren constantemente a la mediación de Rusia.

Si con los países de la antigua Unión Soviética todo está más que claro, la política de Rusia respecto a otros países del Tercer Mundo es más compleja y selectiva. Rusia se vio obligada a interrumpir su colaboración con algunos de sus antiguos aliados o a reducirla al mínimo, perdiendo infuencia en la política de esos Estados. Así, en los años 90, los estrechos vínculos políticos y económicos con países como Libia, Cuba, Corea del Norte o Irán prácticamente se extinguieron.
Sin embargo, Rusia siempre se reservó un comodín: las deudas que esos Estados mantenían con ella.
Por ejemplo, solo durante el primer mandato del presidente Putin, hasta 2003, fueron condonados 35 mil millones de dólares de deudas a países como Afganistán, Etiopía y Mozambique. Hay que señalar que la condonación masiva de deudas a países del Tercer Mundo corresponde a la segunda mitad y finales de los 2000. En 2005 se condonó a Siria el 75 % de la deuda soviética, lo que equivalía a 10 mil millones de dólares; en 2006, 4,7 mil millones de dólares a Argelia; en 2008, el 93 % de la deuda de Irak, unos 12 mil millones de dólares; y 4,5 mil millones a Libia.

La prensa liberal rusa lanzó el mensaje de que la condonación de esas deudas tenía por objetivo la mejora de relaciones políticas, una recuperación de las antiguas alianzas, pero ningún beneficio económico. La realidad era más compleja. Por una parte, a cambio de esas condonaciones, las compañías extractoras rusas obtenían la posibilidad de explorar yacimientos de combustibles fósiles y la industria militar rusa empezó a volver a esos países, esta vez en condiciones de mercado, lo que respondía de forma directa a los intereses del gran capital ruso. Por otra parte, Rusia estaba recuperando la condición de «benefactor» mundial y desde principios de los 2000 se volvió a hablar de ella en los países del Tercer Mundo. El analista alemán Hans-Joachim Spanger destaca que el verdadero punto de partida para la nueva política de Rusia hacia los países del Tercer Mundo fue la cumbre del G8 celebrada en San Petersburgo en 2006. En la misma Rusia definió el orden del día e invitó a los países desarrollados a ayudar a los países del Tercer Mundo condonando o reduciendo sus deudas.

Las ayudas a los países del Tercer Mundo crecían en números absolutos, aumentando desde los 100 millones de dólares en 2004 hasta los 458,78 en 2012. El pico más alto correspondió a 2009, el año de la crisis, cuando las ayudas constituyeron un total de 785,02 millones de dólares.

Probablemente la gran diferencia entre la actual política exterior de Putin y la política de los tiempos de Brézhnev son sus objetivos. Tras los aparentemente insensatos gestos «de buena voluntad» dirigidos a Estados del Tercer Mundo se esconde la mano rapaz del oligarca o de la corporación pública: la política exterior rusa actúa exclusivamente en interés del gran capital. Además las ayudas de la URSS casi siempre persiguieron objetivos políticos e ideológicos, con frecuencia en perjuicio de sus propios intereses económicos.

En los últimos diez años ha aumentado sensiblemente la importancia del trabajo inmigrante en la economía rusa. Como destaca el informe Migración laboral en Rusia: cómo seguir avanzando, el principal motor de la inmigración laboral a Rusia es el déficit de recursos humanos para la economía, así como las nimias demandas sociales de los inmigrantes. Estas son las causas de la inmigración laboral en Rusia según los resultados de la encuesta realizada entre empresarios:
El primer —y principal— conjunto de factores está relacionado con la insuficiencia de cuadros rusos, tanto cualificados como no cualificados, así como la falta de estrategias flexibles de ocupación que buscan los empresarios en el actual mercado de trabajo ruso: es más fácil encontrar inmigrantes que trabajadores rusos para un empleo eventual o de temporada...
 El segundo conjunto de factores se refiere a la calidad del trabajo de los inmigrantes, su capacidad de trabajar más tiempo y al hecho de que, a diferencia de los ciudadanos rusos, no consumen alcohol al mismo tiempo. Todo lo cual invita a los empresarios a preferir la contratación de extranjeros.
 Y finalmente un tercer conjunto de factores, puramente financiero, tiene que ver con la voluntad de ahorrar en salarios, horas extraordinarias, cotizaciones sociales y de pensiones, bajas médicas y vacaciones.
Por tanto, la inmigración laboral desde los países de la antigua Unión Soviética es un proceso natural y lógico, útil, en primer lugar, para el capital ruso. Sabiéndolo es fácil entender cómo es que la belicosa retórica antiinmigración (legal e ilegal) por parte de las autoridades no se acompaña de ninguna medida real. El poder representa los intereses de los negocios y estos son precisamente los que no necesitan que se resuelva la cuestión de la migración laboral.

Asia Central se está convirtiendo en una especie de reserva particular de mano de obra para la economía rusa. Sin ella esta necesitaría una reestructuración fundamental encaminada a satisfacer las demandas sociales de la población trabajadora autóctona. Esta última vía de desarrollo no solo es muy complicada sino además ideológicamente inaceptable para nuestros gobernantes, cuya estrategia se reduce a la contracción del gasto social y sumisión de todo lo social a las leyes del mercado. Hay un buen antiguo refrán que, parafraseado, se podría aplicar a las circunstancias actuales: si el Estado no quiere gastar en su propia población, tendrá que gastar en poblaciones de otros países.

Además de la ayuda humanitaria de Rusia a los países de la CEI (en primer lugar, Kirguistán y Tayikistán), cuya cuantía se cuenta por decenas de millones de dólares, nuestro país asume los gastos en sanidad y educación en esos países.
En el ámbito de la educación Rusia, además de proyectos mixtos, reservó en 2014 para Tayikistán una cuota de casi 800 plazas en centros de enseñanza superior.
Rusia desembolsa anualmente más de 5 millones de dólares en el marco del programa de alimentación escolar y 4 millones de dólares en el proyecto de ayuda alimentaria para enfermos de tuberculosis y sus familias. 
Con esta política solo ganan los negocios que al final consiguen un trabajador sin derechos que, al mismo tiempo, dispone de una serie de habilidades y competencias necesarias para el trabajo. Pero esta política paternalista se lleva a cabo en perjuicio de ciudadanos rusos, cuyo gasto social tiende a contraerse proporcionalmente al incremento de esa ayuda «amiga» al tiempo que la magnitud y la forma de esas ayudas son claramente insuficientes para cambiar sustancialmente a mejor la situación en los países receptores.

En 2011 la parte de las ayudas destinada a Asia Central y Meridional fue del 19,82 % (la mayor parte, para países de Asia Central), al tiempo que las ayudas a países de América Latina se acercaron al 32 %. Sin embargo, esta situación cambió bruscamente en 2012. La parte del gasto destinado a Estados de Asia Central y Meridional alcanzó el 38,59 %, mientras las ayudas a países de América Latina se contrajeron hasta el 9,25 %.

Esos cambios apuntan a un enfoque particularmente utilitario y económico de la ayuda financiera a los países del Tercer Mundo que prevalece desde la segunda mitad del gobierno de Putin, así como a la competencia con los EEUU por Asia Central.

Una sucesión de revoluciones «de colores» en otra región del mundo, Oriente Próximo, repercutió, en general, de forma negativa en el posicionamiento de las compañías rusas en la región. Especialmente sensibles fueron las pérdidas de la industria militar, a las que siguieron las de las compañías extractoras. Así, en Libia, el lucro cesante de las compañías rusas tras el derrocamiento de Gadafi se estima en varios miles de millones de dólares.

Sin embargo, la caída de regímenes amigos en Oriente Próximo no siempre supuso una suspensión de relaciones económicas. En abril de este año LUKOIL ha iniciado en Irak la exploración del importante yacimiento de Qurna Occidental - 2. Se espera que este proyecto reporte a la compañía unos 90 mil millones de dólares.

La política de Rusia respecto a los países del Tercer Mundo sigue la misma lógica que la de otros países del Primer Mundo. Tras del aparente apoyo político de regímenes «amigos» se esconde el interés económico de los tiburones del mundo de los negocios ruso. A diferencia de los tiempos soviéticos, cuando el apoyo de regímenes amigos se presentaba como un obsequio en la lucha contra el imperialismo capitalista, al ciudadano ruso de a pie se le ha explicado desde un principio que aquella política de los dirigentes soviéticos era una chorrada. La actual expansión rusa en países del Tercer Mundo se vende al público no solo como un logro político del Estado, sino también como un éxito de los monopolios estatales y compañías privadas en el ámbito económico. Se invita a los trabajadores rusos a alegrarse por los éxitos de los negocios rusos en tierras lejanas y se omite que esa expansión tiene un coste para el desarrollo de nuestro propio territorio.

Referencias:

Spanger H-J. Russland als Internationaler Geber Entwicklungskooperation auch mit dem Westen? Januar 2014 ↩
Зайончковская Ж.А., Тюрюканова Е.В., Флоринская Ю.Ф. Трудовая миграция в Россию: как двигаться дальше. М., 2011. С. 14 ↩
Spanger H-J. Russland als Internationaler Geber Entwicklungskooperation auch mit dem Westen? Januar 2014 ↩

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