sábado, 18 de julio de 2015

¿Hay en Rusia un retorno de la mujer al ámbito del hogar?

Фотосессия на улицеAunque desde Europa occidental se tienda a ver a Rusia como un país atrasado en cuestiones de género, la realidad es mucho más compleja.

Durante mucho tiempo la mujer rusa (soviética) ha ido muy por delante de la occidental en derechos políticos (la URSS fue el primer país europeo en reconocer el sufragio femenino), sociales (desde ¡1969! el hijo puede llevar el apellido de la madre o del padre indistintamente) y culturales (¿cuántas mujeres españolas tenían educación de grado superior en los años 50?).

Pero, sobre todo, en derechos laborales. Desde los primeros tiempos soviéticos la mujer participó de pleno derecho en el sistema social de producción, alcanzando en muchos casos, importantes posiciones de poder. Tan poderosa fue aquella implantación que aún al día de hoy encontramos en Rusia con una mujer mejor plantada en el mercado laboral que en muchos países occidentales.

Lo demuestra el porcentaje del total de ocupados que corresponde a las mujeres (48,8 % frente al 45,6 % en España). Pero también su presencia en cargos de prestigio, y no solamente en los sectores tradicionalmente femeninos como sanidad o educación: algunas profesiones tradicionalmente masculinas y de gran prestigio se encuentran muy feminizadas en Rusia. Por poner algunos ejemplos, aproximadamente dos tercios de los jueces y la práctica totalidad de notarios son mujeres. Así como el 43 % de altos directivos, frente al 22 % en EEUU y España, el 14 % en Alemania y Dinamarca, el 10 % en Holanda. Y todo ello sin una sola ley de paridad.

Eso no permite afirmar, en todo caso, que la situación de la mujer es mejor en Rusia que en Occidente, especialmente porque hay otros datos que contrarrestan los anteriores: atroces niveles de violencia de género (hasta 14.000 rusas mueren al año a manos de sus parejas) o una gran infrarrepresentación en cargos de responsabilidad política (14,9 % de diputadas en la Duma).

En todo caso, ya sea por el gran impulso dado por el igualitarismo soviético o por otros factores, los datos sí son suficientes para responder negativamente a la pregunta del título: la mujer rusa está muy lejos de retroceder masivamente al ámbito privado. Lo que sí está teniendo lugar es un estancamiento y, sobre todo, una exuberante manifestación ideológica de que ello debería ser así, refrendada masivamente por mujeres de muchos y muy diferentes estratos sociales. ¿Por qué?

La respuesta, por supuesto, pasa por mencionar la deriva conservadora de la política rusa pero los efectos no deben ser confundidos con las causas.

La razón profunda de esta voluntad de regresión está en que la emancipación laboral no se está viendo justificada a los ojos de muchas mujeres. De hecho, no lo piensan solo las rusas: muchas mujeres occidentales (especialmente del ámbito anglosajón) encuentran agobiante, estresante e inútil que ambos miembros de la pareja trabajen fuera de casa cuando hay hijos.

Pero en un entorno de libre mercado la incorporación de la mujer al mundo laboral ha contribuido rápidamente a la contención salarial, de forma que ahora la mayoría de las familias no pueden subsistir sin dos sueldos. El trabajo femenino ha pasado de ser un derecho a una necesidad que ha obligado a unas a renunciar a tener hijos y a otras a asumir abrumadores niveles de estrés. La clave de todo, por tanto, son los hijos: la gente sigue queriendo tener hijos, disfrutarlos y responsabilizarse personalmente de ellos.

Los trabajos a tiempo parcial para las madres, que durante un tiempo parecieron ser la panacea, se han revelado como una opción poco satisfactoria. Los empresarios reservan los puestos de mayor prestigio y con más posibilidades de progresar para quienes hacen jornadas completas (y horas extraordinarias). Como resultado, las jornadas parciales solo sirven a las madres para complementar el salario del varón y no para realizarse ni para mantener una carrera laboral. Aquellas madres que se lo pueden permitir acaban abandonando el trabajo remunerado y se convierten en amas de casa.

La solución en países como Rusia o Francia (que han conseguido recuperar parcialmente los índices de natalidad) ha pasado por intensas políticas familiares. Así, en Rusia las familias perciben un capital de maternidad de 7.300 € por nacimiento (hasta el desplome del rublo esta cantidad era todavía mayor). Y las madres disfrutan de una licencia laboral remunerada desde la semana 30 del embarazo hasta que el niño cumple 1,5 años, momento a partir del cual cesa la remuneración pero se mantiene la reserva de plaza hasta los 4,5 años de edad. La diferencia con España o con los países anglosajones, como puede observarse, es abismal. Estas políticas alivian de manera importante la suerte de las familias pero lógicamente incentivan a las mujeres a quedarse en casa y encarecen su contratación para los empresarios.

Ha pasado el suficiente tiempo desde que la mujer se incorporó al trabajo remunerado en Rusia para que ya no se recuerden de primera mano las nefastas consecuencias de que una mitad de la población no participe en la vida pública ni disponga de autonomía económica. En este contexto, es natural que muchas mujeres se pregunten qué tiene de bueno su participación en el mercado laboral. Una participación que no se ha visto acompañada por la correlativa participación del hombre en el hogar. Quizá las soluciones, si las hay, pasen por allí: hombres que quieran y puedan asumir mayores responsabilidades en casa. Es probable que entonces las mujeres no tendrían que elegir entre los hijos y la autonomía.

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