miércoles, 16 de abril de 2014

Vyacheslav Ponomaryov: "Nosotros encerraríamos a Yanukóvich en un sótano"


Texto: Galina Zárschikova, Yúriy Yúgov
Traducido por Antonio Airapétov

Командир самообороны Славянска Вячеслав Пономарев считает себя глубоко аполитичным человеком"Estamos fuera de la política. Nos interesa más el bienestar de los habitantes de la ciudad, el futuro de nuestros hijos y nuestra fe ortodoxa. Eso es lo que protegemos con tanto fervor." — declaró al periódico VZGLYAD el comandante del batallón de la autodefensa de Slavyansk Vyacheslav Ponomaryov. Según el comandante, ha conseguido convencer a los militares ucranianos para que se desarmen y abandonen la ciudad.
El "alcalde del pueblo" y comandante del batallón de la autodefensa de Slavyansk Vyacheslav Ponomaryov se hizo famoso el fin de semana pasado cuando asumió el mando en la ciudad. Más tarde invitó al presidente de Rusia Vladímir Putin a intervenir en la situación del Donbass.
Como informó esta mañana el periódico VZGLYAD, unos 60 militares ucranianos de las tripulaciones de los blindados enviados a Kramatorsk se pasaron al lado de los rebeldes, según informó un representante del cuartel de los milicianos. Los militares bajaron las banderas ucranianas y llevaron sus vehículos a Slavyansk. "Aquí vimos que no se trataba de separatistas ni de terroristas sino de población local normal y corriente, contra la que nosotros no lucharemos" — dijo uno de los militares. Todos los militares que se han pasado al lado de la milicia son de Dniepropetrovsk.
Por la tarde se supo que los milicianos pudieron convencer a una parte de los militares ucranianos para que abandonasen Slavyansk sin armas, según informó la milicia. "Unos 300 militares decidieron dejar las armas y marcharse a casa" — citó el periódico VZGLYAD al representante del cuartel de la milicia.
Vyacheslav Ponomaryov ha explicado al periódico VZGLYAD cómo terminaron las negociaciones con los militares ucranianos llegados a la ciudad y qué piensa hacer en caso de que Rusia no pueda prestarle apoyo militar directo.
VZGLYAD: Vyacheslav Vladímirovich, ¿cómo terminaron sus negociaciones con las tripulaciones de los blindados que llegaron esta mañana al centro de la ciudad?
Vyacheslav Ponomaryov: Los tripulantes de los blindados nos entregaron las armas y los mecanismos de apuntamiento, y recibieron avituallamiento. Les vestimos, les dimos de comer, y se fueron. Es decir, los desmovilizamos. Como lo digo.
VZGLYAD: Es decir, ¿se marcharon sin armas?
V. P.: Claro. Han ido a parar a nuestro territorio. Ahora ya no tenemos que andar corriendo por allí, en busca armas. Ahora estamos aquí sentados, esperando a que nos las traigan.
VZGLYAD: Antes ustedes declararon que los soldados de la 5ª brigada que se encuentra instalada a las afueras de la ciudad se ha unido a ustedes. ¿No les preocupa que sus promesas sean mera astucia militar? ¿Por qué están tan seguros de que no les atacarán?
V. P.: Lo que ocurre es que la gente militar se entiende con media mirada y con media palabra. Un militar siempre destaca por ser una persona de honor. Para él es lo más importante. Si ha dado su palabra, deberá cumplirla. En las relaciones comerciales, por el contrario, pasa al revés: cuanto más maniobras, más vales. Yo tengo unos valores completamente diferentes.
VZGLYAD: ¿Y cuáles son sus convicciones políticas? Por ejemplo, ¿recibiría bien a Yanukóvich si acudiera aquí? ¿Le reconocerían como legítimo presidente?
V. P.: Si Yanukóvich apareciera en nuestro territorio, le detendríamos y le meteríamos en un sótano. Tenemos algunas preguntas que hacerle...
VZGLYAD: ¿Considera al Partido de las Regiones un aliado, aunque sea en parte?
V. P.: Somos absolutamente apolíticos. No apoyamos ningún movimiento político, organización social, ni nada parecido. Algunos colaboran con nosotros, tenemos aliados. Pero nosotros estamos fuera de la política. Nos interesa más el bienestar de los habitantes de la ciudad, el futuro de nuestros hijos y nuestra fe ortodoxa. Eso es lo que defendemos con tanto fervor. Nuestra lengua rusa, nuestras tradiciones, nuestros valores seculares... y no esas modas de... no quiero decir palarotas... vamos, que no las comparto...
VZGLYAD: ¿Cómo consigue supervisar la defensa y la logística de la ciudad? ¿Tiene usted alguna experiencia en la gestión de servicios municipales?
V. P.: Precisamente ahora estoy resolviendo todas estas cuestiones. Hoy hemos celebrado otra reunión del aparato y fueron nombrados los responsables de los servicios más necesarios.
Tengo la experiencia necesaria en este ámbito. No he trabajado a esta escala pero todo, a fin de cuentas, es lo mismo. Lo más importante, si me entiende, es construir un ordenado sistema de mando. Y luego simplemente controlar la ejecución de las órdenes emitidas. Un sistema engrasado funciona, y si no funciona, se cambia el piñón por uno nuevo.
VZGLYAD: Es decir, ¿todos los servicios urbanos están cumpliendo sus órdenes?
V. P.: Sí, claro.
VZGLYAD: ¿Cómo actuará si Rusia no le presta un apoyo directo? ¿Construirá por su cuenta la república independiente de Donetsk?
V. P.: Ya la estamos construyendo. A ver, con la ayuda de Rusia todo iría más rápido. Es mejor que todo vaya por fases: despacio, pero con seguridad. Es que si nos atacan, nos intentan agredir... No sé... Será un poco difícil seguir desarrollando la gestión de la ciudad. Pero bueno, podremos con todo. No tememos a las adversidades, estábamos echando de menos algo de trabajo. Todo nos saldrá bien.

martes, 8 de abril de 2014

La soberanía preposicional de Ucrania

Uso histórico de la preposición /в/ con la palabra /Украина/ ("Ucrania")
No es ningún secreto que las rivalidades identitarias se extienden como una mancha de aceite a todos los terrenos, y el lingüístico suele quedar, si no en primera, al menos en segunda línea de fuego. Pero rara vez el debate se emprende por el uso de una u otra preposición.

Uso de la preposición /в/ entre 1990 y 2008
El caso es que en ruso existen sustantivos con los que se utiliza la preposición /в/ y otros con los que se utiliza la preposición /на/. Ambas significan lo mismo ("en" o "a") y no existe ninguna regla que aprender: los niños y los extranjeros se ven obligados a memorizar qué palabras van acompañadas de la una y cuáles de la otra. De la práctica, se deducen algunas tendencias que remiten a significados ancestrales, aunque sin ninguna sistematicidad y plagadas de excepciones. Una de esas tendencias es utilizar, por ejemplo, con las islas o las regiones comúnmente /на/, pero con los Estados, /в/.

Entre los pocos Estados no insulares ni peninsulares con los que se utiliza /на/ es /Украина/, "Ucrania". La razón es que la raíz eslava de la que proviene significa "frontera", "límite", "periferia", y la preposición que acompaña a la palabra rusa "periferia" es /на/. Pues bien, en 1993, con Ucrania recién independizada, su gobierno se dirigió al Instituto de Lengua Rusa (el equivalente ruso de la RAE) con la demanda de reconocer la legitimidad del uso de /в/ "con el fin de ratificar lingüísticamente la condición soberana del país".

El uso de la palabra /украйна/ está registrado desde el s. XII y se refiere a tierras fronterizas de la Rusia Antigua, independientemente de su localización. La Ucrania actual se llama en aquel entonces "Rusia Menor" y lo que es ahora Rusia, "Rusia Grande", en el mismo tipo de yuxtaposición que existió entre Magna Grecia y su metrópoli griega, dado que el principado de Kíev es considerado la cuna medieval de la cultura rusa.

Por primera vez /Украина/ se empieza a aplicar a esa "Rusia Menor" en el s. XVI, cuando el territorio constituye la frontera sur del Reino de Polonia (en polaco, /kraj/). Por tanto el topónimo en sí provendría del polaco, no del ruso. Los datos disponibles indican, asimismo, que /в/ y /на/ se utilizan indistintamente en aquellos siglos: no parece que para las gentes de entonces las preposiciones tuvieran la carga ideológica que tienen ahora. Pero en el imperio ruso tardío y con la fuerte estandarización lingüística llevada a cabo en la Unión Soviética el uso de /на/ se vuelve ampliamente dominante, quizá reflejando una tendencia política o social.

Actualmente la norma académica rusa sigue manteniendo /на/ y los editores ruso-ucranianos utilizan sistemáticamente /в/. A los apologetas del /на/ no les importa lo más mínimo que clásicos rusos como Gógol, Tosltói o Chéjov hubieran utilizado /в/. Y los defensores del /в/ pasan deliberadamente por alto que /на/ se utiliza incluso con /Русь/ (la Rusia Antigua, la madre de todas las Rusias) y por tanto difícilmente tiene una connotación anti-identitaria. Y por tanto siguen debatiendo incansablemente en los parlamentos y las redes sociales si lo uno menoscaba la soberanía ucraniana o lo otro supone una violación de la lengua rusa. Así como el extremo por el que se debe empezar a cascar el huevo.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Ucrania, Crimea y Rusia: ¿qué cabe esperar en un escenario estable?

File:Ukraine GRP per capita 2008 US dollars (nominal).png
PIB per capita por regiones en Ucrania
Servicio Nacional de Estadística de Ucrania (2008)
¿Qué cabría esperar de un escenario estable en Ucrania, Crimea y Rusia? Si se evita mayor derramamiento de sangre y si se celebran con relativa normalidad el referéndum en Crimea y las elecciones presidenciales en Ucrania, la región podría alcanzar un nuevo equilibrio.

Crimea acabaría unida de facto (que no de iure) a Rusia, al estilo de Abjasia u Osetia del Sur. Improbable que se cumplan en ese caso los malos augurios para la economía de la península que se lanzan desde Ucrania: el régimen ruso daría absoluta prioridad a la región y la inundaría con inversiones, como ya se insinúa con la aceleración del proyecto de puente entre Kerch y la región de Krasnodar que unirá Crimea con Rusia. Esta estrategia de contención de conflictos mediante "la zanahoria" ya se viene dando desde hace un tiempo en el Cáucaso, despertando no pocas críticas en la Federación.

La conflictividad interna de Crimea se insinúa escasa: si no hay tiros, la población estará contenta de estar aislada de la depresión y los posibles enfrentamientos de Ucrania. Incluso los tártaros, tradicionalmente rusófobos, tienen razones para contenerse: la comunidad tártara de Rusia ya les ha llamado a la moderación para no sufrir represalias en su país y, por otra parte, es probable un esfuerzo importante del gobierno crimeo por su integración política en una Crimea eventualmente independiente.

En Ucrania, si las elecciones presidenciales se presentaban reñidas (la euforia del euromaidán podría verse contrarrestada por los desmanes de la extrema derecha), ¿qué posibilidades tiene ahora la oposición sin la participación de Crimea y una administración bajo el control de los partidos que hicieron la revolución? Lo más probable sería la victoria de un candidato del euromaidán y un gobierno liberal-conservador bastante inestable, con un papel difícil de prever de la extrema derecha. También se ha llegado a comentar la posibilidad de un candidato "de consenso" (¿consenso entre quién?). De momento, se trata de una posibilidad poco clara. En todo caso, a escasos días del golpe-revolución, las relaciones entre Moscú y las nuevas autoridades ya están en marcha: el conflicto real siempre es menos intenso que el escenificado (cosa que hace especialmente trágicas las víctimas mortales).

La incertidumbre económica de momento se mantiene: ¿qué harán las nuevas autoridades para evitar la suspensión de pagos? El préstamo que podría aprobar la Unión Europea esta semana podría cubrir los agujeros más flagrantes. Pero tanto los préstamos europeos como los del FMI, llevarán una letra pequeña con unos costes sociales imprevisibles. Y estarán condicionados, con toda seguridad, a la estabilidad del país, algo que todavía está lejos de estar garantizado.

Por lo que se refiere a Rusia, lo que se puede afirmar en primer lugar es que la rápida y por el momento eficaz intervención de Putin en Crimea le suma puntos en las encuestas. O en todo caso le permite afrontar desde una mejor posición la inminente crisis económica y financiera hacia la que se encamina Rusia. La intervención y la forma en que se está llevando a cabo le ha permitido reconducir, al menos a corto plazo, lo que era una derrota de su proyecto en Ucrania en una reafirmación personal a nivel interno.

Es verdad que los liberales y movimientos pacifistas ya están protestando enérgicamente contra las acciones del gobierno (hasta 40 detenidos en la jornada de ayer en Moscú). Pero lo cierto es que la mayoría de los rusos piensan que, con una intervención militar o no, "algo" había que hacer: para ellos no se trata de una guerra lejana en un país extraño sino de ayudar a otros rusos en una situación de amenaza, en muchos casos incluso a familiares. Tampoco se pueden desdeñar los tres millones de ucranianos que residen en Rusia y mantienen estrechos lazos con las regiones rusófonas del país. Y un último factor que siempre está presente en el país es la memoria de la lucha antifascista en cuyo imaginario los nacionalistas ucranianos se funden con las tropas hitlerianas que avanzan hacia Moscú.
Si se contextualiza lo que está pasando con la política de los últimos años de Putin de interceptar la agenda al mismo tiempo a las izquierdas y a los nacionalistas (el eufemismo con el que se denomina a la extrema derecha en Rusia y Ucrania), se entenderá que una intervención exitosa en Crimea no podría sino consolidar su poder. Y que los liberales se queden con su minoritario nicho electoral concentrado en la capital.

La tensión internacional, por aguda que sea en estos momentos, se relajará si la situación se estabiliza. Occidente ya ha dado a entender por la boca pequeña que no va a intervenir militarmente. Las sanciones internacionales (al igual que otras "rupturas" anunciadas), como acertadamente apuntó Putin en su rueda de prensa de ayer, son un arma de doble filo en un mundo tan interconectado como en el que vivimos. Tan grandes y tan entrelazados con la economía global son los intereses implicados en Rusia y en Ucrania que parece improbable que los poderes fácticos permitan que se mantenga una situación tan contraria a sus intereses.

Todo esto, claro está, en un escenario estable. Suponiendo que se controle la situación en Crimea, suponiendo que Putin no apueste por la desestabilización de las regiones sudorientales de Ucrania, suponiendo que Kiev consiga controlar a las milicias de extrema derecha en las que se apoyó, suponiendo que se celebren y sean reconocidas por todas las partes las convocatorias electorales previstas, suponiendo que el nuevo gobierno consiga encontrar financiación para los gastos que le esperan, suponiendo que el pueblo de Ucrania acepte soportar las condiciones de los prestamistas... Todo lo cual evidentemente es mucho suponer.

lunes, 3 de marzo de 2014

Rusia tras el Maidán y la Olimpiada


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Editorial de la revista Rabkor.ru
Traducido por Antonio Airapétov
Texto original

Por alguna razón, la oposición (y no solamente la liberal) asociaba la caída del régimen de Putin con el esperado fracaso de los Juegos Olímpicos de Sochi. Al parecer, los políticos del Kremlin razonaban del mismo modo y por eso hicieron todo lo posible para garantizar el éxito del espectáculo deportivo de Sochi. Claro que robaron en la preparación. Robaron y se repartieron fabulosas, impensables cantidades sin precedente alguno no solamente en la historia del deporte sino en la historia mundial. Pero la jefatura del Kremlin, en su inefable sabiduría, asignó para los Juegos Olímpicos tanto dinero que, incluso con un nivel de latrocinio total, astronómico y universal, los recursos habrían seguido siendo sobradamente suficientes para la exitosa celebración de los Juegos. Y fue lo que pasó.
No solo la implementación técnica de los Juegos estuvo a la altura sino que además el éxito de la selección rusa superó todas las expectativas. Es irrelevante si lo aseguró el soborno de los deportistas y entrenadores extranjeros o si fue también una inversión desorbitada en el deporte (no hay ni grado de comparación entre las inversiones que recibió el equipo ruso y el noruego, que ocupó la segunda posición). Tampoco importa lo que pasará con la ciudad de Sochi tras los Juegos, con unas instalaciones para deportes de invierno construidas en un área subtropical. Como ya se sabe, “no se juzga a los vencedores”. Al menos, no hasta que se convierten en vencidos.
Los propagandistas están de celebración. Los exitosos Juegos se convierten en otra “grapa interna” que nos enseña a “creer en Rusia”. El patriotismo de la lealtad al Estado nos obliga no solamente a alegrarnos por nuestros (que ahora se han convertido en “nuestros”) deportistas, sino también de creer en la racionalidad y la eficacia del poder actual, en la inocuidad de la corrupción, y en la justicia del desfalco institucional.
Pero la mala suerte hizo coincidir los Juegos con la sublevación y el golpe en Ucrania. Lo sucedido en Kiev pertenece a esa clase de episodios históricos cuando una sublevación tiene éxito y, nos guste o no, cambia de nombre. Ahora se llama, por ejemplo, “revolución nacional”. Y se coloca a la misma altura que otras “revoluciones nacionales” de la primera mitad del siglo pasado.
Pero las cosas están lejos de estar definidas y cerradas. Los vencedores de Kiev, a diferencia de los de Sochi, no podrán limitarse a proclamar el resultado y marchar: la verdadera lucha acaba de empezar y su resultado final no está de ninguna manera predefinido.
Todavía no sabemos quién tomará la delantera en Ucrania. Lo que sí sabemos seguro es que el poder que semanas atrás existía en el país vecino, se ha desintegrado. Y por terribles y lamentables que puedan ser las futuras consecuencias del Maidán, no podemos dejar de alegrarnos. En enero, en las calles de Kiev se enfrentaban dos fuerzas igualmente reaccionarias. Ahora solo una ha sobrevivido.
El monstruo ha adquirido un nuevo, particular rostro y el enemigo se ha concretado. El potencial “mal menor” se convirtió en un mal real y práctico, ese Mal con mayúscula contra el que debemos concentrar todas nuestras fuerzas y pensamientos.
Los medios de comunicación oficiales de Rusia centran esmeradamente la atención de los espectadores en los diferentes excesos cometidos en Ucrania. Pero este tipo de excesos acompañan inevitablemente cualquier golpe, cualquier revolución, cualquier relevo violento en el poder, y por sí mismos no dicen nada acerca de los nuevos gobernantes de Kiev ni del camino que tomarán próximamente los acontecimientos.
Es mucho más importante el hecho de que los vencedores de Kiev no solo carecen de un plan para cambiar la situación económica y social del país sino que las pocas medidas que proponen no pueden sino empeorar radicalmente el estado de las cosas. Discutiendo de todas las maneras posibles los matices políticos de los acontecimientos de Ucrania, debatiendo sobre si los combatientes del “Sector Derecho” irán directamente a por rusos y judíos, o si los sensatos políticos burgueses los contendrán dentro del marco de lo razonable para dar una apariencia respetable con vistas a una ilusoria “opción europea”, estamos prestando muy poca atención al análisis social de lo que está sucediendo. Este análisis sería muy necesario al día de hoy para comprender no solamente lo que ha pasado sino también para pronosticar el futuro.
Tradicionalmente la política ucraniana se caracterizaba por la lucha entre la oligarquía industrial del Este y los clanes burgueses de otras regiones que controlaban sectores mucho menos lucrativos de la economía. Tratando de oponerse a los oligarcas de Donetsk, estos grupos no solamente consiguieron aliarse con gran parte de la clase media y pequeña burguesía: también apostaron por la movilización de masas marginales de Ucrania Occidental. Y la clave aquí no es la diferencia lingüística, religiosa o cultural, sino el hecho de que para decenas de miles de jóvenes de las regiones occidentales, sin perspectivas, sin empleo, la participación en la “revolución nacional” se convirtió en la única oportunidad de sus vidas, en la única ocupación que les proporcionaba cierta perspectiva existencial.
Ya no hay necesidad de entrar en el detalle de esta oposición, de relatar como el clan de Donetsk se granjeó numerosas enemistades con su agresiva política contra los empresarios de Kiev, ni cómo se debatía entre Moscú y Bruselas el gobierno de Yanukóvich, al enfrentarse a la crisis financiera. Podemos limitarnos a constatar el fracaso total de esta política: en su período de gobierno la administración de Yanukóvich no solo no consolidó ni amplió su base social sino, al contrario, desagradó a todo el mundo, provocando una generalizada indignación y causando un auténtico estallido social cuando diferentes fuerzas y organizaciones marcharon contra el poder.
Sin embargo, lo fundamental no es quién integró el Maidán sino qué fuerzas estuvieron mejor organizadas y preparadas para pelear por el poder y qué grupos se lo van a repartir ahora. La alianza improvisada de una clase media indignada, intelectuales nacionalistas, pequeña burguesía desclasada y marginales pudo haberse dado en el Maidán pero no definirá la política en lo sucesivo.
Los marginales y la pequeña burguesía que se han apoderado de la capital de Ucrania no tienen capacidad para dirigir ni para consolidar su sociedad. El poder real se encuentra en manos de las facciones del empresariado previamente marginadas que sueñan con la revancha y con un nuevo reparto de la propiedad. Sin embargo, no pueden conseguir sus objetivos sin apoyarse en los mismos marginales que serán su principal apoyo: una nueva “guardia de hierro”.
Allí está justamente la principal diferencia de la actual “revolución nacional” ucraniana de los numerosos golpes fascistas y “revoluciones nacionales” que se han producido con anterioridad: la clase gobernante no se consolida en torno al nuevo régimen sino que se encuentra dividida. No cabe esperar por ello la menor estabilidad o hegemonía ideológica.
En el pasado, los regímenes nacionalistas de derechas no solamente habían retenido el poder a punta de bayoneta, violencia policial y terrorismo de tropas de asalto: también habían sido capaces de asegurar una cierta consistencia ideológica a la sociedad, la lealtad de toda la clase gobernante, y apoyos en las bases sociales con una eficaz política económica de fomento industrial. La revolución ucraniana no puede ofrecer nada parecido. Tampoco lo pretende.
Pero si la consolidación ideológica no es posible, solo queda apoyarse en la violencia. En estas circunstancias, las nuevas autoridades, tratando de establecer y de conservar el control sobre una sociedad que no se somete a su influencia, evolucionará hacia unos rasgos cada vez más autoritarios o bien asumirá el progresivo ascenso del caos. En ambos casos, los excesos actuales, con o sin el visto bueno de los políticos, mañana se convertirán en norma. Pero eso también implicará inevitables respuestas por parte de aquellas fuerzas sociales que se han quedado fuera del “nuevo orden”.
Todo depende, claro está, de la correlación de fuerzas. La sensatez de las nuevas autoridades será proporcional a la resistencia que se les oponga. A medida que se descompone el sistema político construido con Yanukóvich y se desintegra el Partido de las Regiones, esta resistencia no solo no irá a menos sino, al contrario, aumentará, habiéndose liberado del control burocrático y de los cuadros impuestos por la oligarquía. El primer paso en este sentido ha sido dado por el congreso de Járkov de los diputados populares que, de facto, han entregado el poder en el Este y Sur del país a los autogobiernos locales. Es decir, Kiev ya no se enfrenta al viejo y ruinoso edificio vertical del anterior régimen, sino a una nueva estructura en red, compuesta, eso sí, por los antiguos, no siempre operativos, cuadros.
¿No es la resistencia en red el ideal de los anarquistas, la resurrecta herencia de Néstor Majnó? La diferencia principal es que en este caso las personas que se han situado en las posiciones clave de esta red, digan lo que digan ahora, están muy alejadas de los ideales socialistas y revolucionarios del pasado. Para que la resistencia sea eficaz, deben encabezarla cuadros nuevos y deben inspirarla nuevas ideas. Este es el objetivo histórico de las izquierdas ucranianas. Esta es su oportunidad histórica.
Solo una lucha por las reformas sociales y económicas a favor de los trabajadores, no los llamamientos al restablecimiento del “orden constitucional” de Víktor Yanukóvich, pueden constituir una alternativa al nuevo orden. El recrudecimiento de la crisis económica hace objetivamente necesarios estos cambios. Lo que se necesita no es una nueva oleada de reformas neoliberales, ni el catastrófico dadas las condiciones actuales intento de abandonarlo todo a merced del mercado, ni un nuevo reparto de la propiedad entre los nuevos clanes, ni el espejismo de la integración europea, sino medidas radicales para la recomposición de la regulación estatal, movilización del potencial industrial (inclusive mediante nacionalizaciones), fomento de la ocupación y ayudas a la población.
De la capacidad de las izquierdas ucranianas de convertirse, si no en líderes, al menos en el núcleo ideológico de una nueva coalición para la resistencia, dependerá no solo el futuro del país vecino sino también en gran medida el futuro de la democratización de Rusia.
Al día de hoy, los acontecimientos de Ucrania no animan al común de nuestros ciudadanos a unirse a la oposición sino, al contrario, lo disuaden en beneficio del statu quo. Si el cambio se asocia al autoritarismo y al caos, si la “nueva Ucrania” lanza la consigna de la rusofobia, los críticos del “maldito régimen putiniano” que se identifican con esa “nueva Ucrania” difícilmente podrán ganarse las simpatías de nuestros conciudadanos.
Sería diferente si en los próximos meses viésemos en Ucrania no solo ejemplos de reacción nacionalista sino también modelos de resistencia organizada. Lo más curioso es que los medios de comunicación, por razón de sus intereses geopolíticos, así como por sus inercias ideológicas, se verán forzados a dar cobertura a estos modelos y ejemplos, mostrando así a las provincias rusas cómo se puede resistir a una capital tomada por el enemigo. Y la memoria de los récords olímpicos de 2014 puede dejar de ser un argumento a favor de la lealtad y la pasividad, y animar a una nueva acción autónoma, en aras de los intereses reales, no pretendidos, de Rusia.

Si a todo esto se suma el inevitable avance de la crisis económica en las regiones y el recrudecimiento de sus contradicciones con Moscú, estos modelos rápidamente encontrarán imitadores en nuestro país. En ese caso los destinos de Rusia y Ucrania podrían resultar bastante más parecidos de lo que muchos piensan al día de hoy.

viernes, 28 de febrero de 2014

Cuando no había bibliotecas...

"Pero personas ajenas leían las cartas en aquel entonces. [...] El primero que la leyó fue el cartero, luego todos sus conocidos interesados en la lectura: el profesor, el diácono, la viuda del tendero, el hijo del lector de salmos y algunos más. Las bibliotecas no existían en aquel entonces, tampoco se vendían libros, las gentes se sentían desgraciadas y buscaban consuelo para sus almas. Por eso la choza del cartero se había convertido en una biblioteca. Las cartas de especial interés ni tan siquiera partían hacia sus destinatarios sino que se quedaban para su relectura y perpetuo disfrute.
El cartero enseguida apartaba los paquetes oficiales: todos ya conocían de antemano su contenido. Las cartas con que más aprendían los lectores eran las que se encontraban en Petropávlovka de paso: gentes desconocidas escibían de forma afligida e interesante."
Fragmento de Chevengur (1928), novela de Andrey Platónov ambientada en el período de la Guerra Civil Rusa

miércoles, 26 de febrero de 2014

El drama de Ucrania y los comentaristas rusos

Дымовая завеса протестующих © rbc.ua
“Línea de frente” en el Maidán © rbc.ua

Autor: Borís Kagarlitskiy

Redactor jefe de la revista Rabkor.ru, Director del Instituto de Globalización y Movimientos Sociales, historiador y sociólogo, autor de libros tales como “La rebelión de la clase media” (2003), “De los imperios al imperialismo” (2010), “El imperio periférico” (2012).
Traducido por Antonio Airapétov
Los fervorosos conservadores y los liberales radicales tienen una cosa en común: ni los unos ni los otros se rebajan a hacer un análisis de procesos sociales. Ven la raíz de los males en las personalidades, solo cambian los nombres… La resistencia a pensar más allá siempre encuentra alguna convincente explicación. Unos, admiradores del Maidán de Kiev, rechazan cualesquiera comentarios críticos tachándolos sin más de “complejos imperiales” de la Gran Rusia que impiden valorar adecuadamente la “revolución nacional” ucraniana (esta etiqueta de “complejos imperiales” se aplica aunque el incómodo comentarista sea un ucraniano de Kiev). Los conservadores, por el contrario, repiten como loros su absurdo repertorio de clichés sobre técnicas de manipulación política, conspiraciones e influencia extranjera. A todo ello, independientemente de si se trata de acontecimientos que tienen lugar en Egipto, Malí o Ucrania, la conspiración invariablemente está dirigida contra Rusia.
Este tipo de razonamiento es extremadamente cómodo. Permite no analizar los hechos, no desarrollar argumentos, no contraargumentar. Permite no pensar en general.
Leyendo las discusiones que se dan en la red, se asombra uno de la lógica que utilizan los autores.
“No importa cómo terminará todo esto en Ucrania —escriben—. No importa quién llegará al poder, no importa qué políticas adoptará ni qué consecuencias tendrán. ¡Lo importante es que hay disturbios y protestas, y alguien está derribando el poder!”
¡Hasta qué punto hay que despreciar el país y al pueblo vecino para decir y pensar algo semejante!
Claro que no les importa: porque no es su país ni su futuro. Las razones profundas de la celebración de la crisis ucraniana radican en los propios complejos rusos: al inveterado e impotente odio contra nuestras autoridades se une el rechazo de la comprensión de las causas reales de la propia debilidad y de las continuas derrotas. Desde ese punto se vuelve innecesario esclarecer qué está pasando realmente en Kiev: quién está derribando a quién y por qué. Solo importa la compensación emocional simbólica. Si no conseguimos “derribar el régimen” en Rusia, al menos nos alegraremos de que en Ucrania lo hayan conseguido.Тела погибших на Майдане © piter.tv
Cuerpos de fallecidos en el Maidán © piter.tv
Solo queda repetir una y otra vez la manida frase de “Ucrania no es Rusia”, recordando que tanto el Estado, como la crisis, como la configuración política del país vecino es completamente diferente y, en cierto sentido, diagonalmente opuesta a la nuestra. Por muy negativamente que podamos calificar a la administración de Yanukóvich, esta salió de unas elecciones limpias y competitivas, a diferencia del actual gobierno ruso. La derrota del gobierno ucraniano se debe precisamente a que se encontraba maniatado por la ley y por las normas de la república (por muy oligárquica que fuera esta), a diferencia, una vez más, de nuestros círculos gobernantes que no se sienten cohibidos por ninguna limitación democrática.
Precisamente este régimen de “más o menos democracia” es lo que está siendo destruido en estos momentos en Ucrania. Claro que está siendo destruido en gran medida por culpa de las mismas autoridades que, con sus torpes acciones, avaricia y estupidez, llevaron al país al callejón sin salida de la crisis actual; ellas fueron las que han criado y cultivado esos partidos de la derecha nacionalista que hoy se adueñan de la situación. Pero no serán los altos funcionarios del gobierno de Yanukóvich y de su Partido de las Regiones quienes paguen por todo ello sino el pueblo de Ucrania al que ahora se propone sustituir la terrible y corrompida democracia que tenía por el caos o por una dictadura.
Los intelectuales moscovitas celebran en Facebook los sucesos de Kiev sin molestarse lo más mínimo en averiguar quién está luchando contra quién y por qué. En lugar de aclarar cuál es el programa y los objetivos de las partes en pugna, declaran a los combatientes de la ultraderecha “las fuerzas de la luz” y luchadores por la democracia.
¿Qué dirán estos entrañables intelectuales moscovitas si mañana, tras su victoria, estos “partidarios de la libertad” se ponen a quemar libros, cierran la prensa de la oposición, organizan persecuciones contra los disidentes y limpiezas étnicas? ¿Experimentarán los autores de esos posts en Facebook al menos un cierto sentimiento de vergüenza?
Porque esto es lo que va a pasar, y no porque alguien lo hubiera planeado con antelación sino simplemente porque los políticos y activistas de la extrema derecha que al día de hoy constituyen el núcleo duro de la oposición son incapaces de actuar de otra manera, no tienen ningún programa de reformas sociales o económicas y no experimentan el menor aprecio por la democracia ni por los derechos humanos. Y por cierto que lo expresan abiertamente en sus webs que los alegres intelectuales moscovitas del Facebook no se molestan en leer.
Una aplastante mayoría no apoya a ninguna de las partes en Ucrania. Precisamente por eso el conflicto se está alargando y complicando cada vez más. Si el “pueblo ucraniano” realmente se hubiera levantado o, como afirman los comentaristas conservadores, estuviera dispuesto a defender al legítimo gobierno, todo ya habría acabado. Pero lo que ocurre justamente es que el pueblo no tiene lugar en esta confrontación.
Активисты Майдана в центре Киева © svoboda.org
Activistas del Maidán en el centro de Kiev © svoboda.org
Ucrania interesa a los intelectuales moscovitas del Facebook simplemente como una imagen en el monitor. Pero estos juegos no son inofensivos, aunque solo sea porque pueden tener unas consecuencias opuestas a las pretendidas por el público liberal en la política interna rusa. ¿Es que, señores, piensan ustedes sinceramente que el espectáculo de caos y evidente incapacidad de la oposición para mejorar en algo la suerte del país vecino animará a las masas rusas a un levantamiento bajo consignas liberales? ¿Es que no está claro que, en lo psicológico, esta situación no hace sino reforzar al régimen vigente mediante el espejismo de un contraste entre nuestro relativo bienestar y estabilidad (que debemos salvaguardar) y la catástrofe que envuelve al país vecino?
En Rusia, de todas formas, no tendremos bienestar ni tranquilidad. Pero no por el contagio de Ucrania sino porque la crisis económica y la evidente contradicción entre la política del centro federal y los intereses de las regiones reventarán inevitablemente la situación. Pero precisamente por eso es por lo que hoy, cuando aún estamos a tiempo, debemos analizar críticamente el drama de nuestros vecinos y no dejarnos llevar al mismo callejón sin salida repitiendo el mismo escenario catastrófico en el que la única salida de algo malo resulta ser algo mucho peor.
La clave no está, se entiende, en la carencia de elaborados programas sociales y económicos (que tampoco existen en el caso de Ucrania). El problema es la ausencia de un bloque social organizado capaz de ofrecer algo más aparte de consignas y orientado hacia los intereses vitales de la mayoría. La constitución de un bloque debe ser el objetivo de un trabajo serio y a muchos niveles. Parece que Ucrania ha dejado escapar su oportunidad. Pero en Rusia, donde la crisis se está desarrollando más despacio, aún no es tarde. ¿Pero por cuánto tiempo?

Lo trágico de la situación es que, al sobrevenir la crisis, no existía otra alternativa a un gobierno completamente corrompido que una oposición nacionalista y antidemocrática hasta la médula. En lugar de celebrar el Maidán habría que comprender que el país vecino está viviendo una catástrofe de grandes dimensiones, desgarrado por dos clanes criminales. Y sacar las conclusiones pertinentes de los errores ajenos para no repetirlos aquí.

lunes, 10 de febrero de 2014

“Por dentro estoy preparado para cualquier desenlace”


El líder de la izquierda antisistema Serguey Udaltsov, bajo arresto domiciliario, ha concedido una entrevista a Gazeta.ru.Координатор движения «Левый фронт» Сергей Удальцов


Fotografía: RIA Novosti
03.02.2014, 16:34
Konstantín Nóvikov [periodista — NT]
Traducido por Antonio Airapétov para la revista Sin Permiso
El coordinador del Frente de Izquierdas Serguey Udaltsov habla en su entrevista para Gazeta.ru de la situación en que se encuentra el movimiento de protesta en Rusia, de las próximas elecciones municipales en Moscú, del auge del nacionalismo, y de Ucrania y la Unión Europea.
El 9 de febrero se cumple exactamente un año desde la reclusión de Serguey Udaltsov bajo arresto domiciliario. El tribunal del distrito Basmanny ya ha prorrogado en tres ocasiones dicha medida cautelar. La última vez, hasta el 6 de febrero [al día de hoy, Serguey Udaltsov permanece bajo arresto — NT]. Udaltsov y Leonid Razvozzháyev están acusados de organizar los masivos disturbios que se produjeron el 6 de mayo de 2012 en la plaza Bolótnaya y de preparar disturbios para otoño de 2012. La instrucción de la causa les acusa de infringir los artículos 212.1 (hasta 10 años de privación de libertad) y los artículos 30.1 y 212.1 (hasta 5 años de privación de libertad) del Código Penal de la Federación Rusa (FR). Mañana comienzan las vistas preliminares del proceso en el Tribunal Municipal de Moscú.
Serguey Udaltsov ha pasado un año prácticamente aislado: no se le permite recibir ni entregar correspondencia, no puede acceder a la web, llamar por teléfono ni recibir llamadas. No puede salir a la calle si no es para desplazarse hasta el Juzgado de Instrucción para conocer el estado del proceso penal. Solamente le está permitido el contacto con los instructores, con los abogados y con su mujer.
A petición de Gazeta.ru, sus abogados le han hecho llegar las preguntas de la entrevista a Serguey Udaltsov y han apuntado sus respuestas.

“Las reivindicaciones de las marchas de protesta han sido prácticamente olvidadas”

— ¿Qué le ocurre actualmente, en su opinión, al movimiento de protesta?
— Se lo diré claro, aunque puede que no guste a todo el mundo. El amplio movimiento de protesta que nació en diciembre de 2011 y al principio dio tal susto al poder, hoy prácticamente se ha desintegrado. Las causas son bastante evidentes.
Por un lado, el trabajo de las autoridades, que han conseguido neutralizar a los opositores más activos, desmoralizando de esa forma a los demás. Por otra parte, han tenido su lamentable repercusión las ambiciones de algunos líderes, así como el trabajo desde dentro de algunos “caballos de Troya”.
En consecuencia, las reivindicaciones de marchas de cientos de miles de personas (elecciones presidenciales anticipadas, cambios en la Constitución, reforma fundamental de la legislación electoral, reformas sociales...) han sido prácticamente olvidadas. El Consejo de Coordinación (CC) de la oposición ha dejado de existir y los “presos de Bolótnaya” siguen encarcelados.
Considero que la desintegración del movimiento de protesta es un gran paso atrás. Por eso, en primer lugar, todos tenemos que pensar ahora en cómo recomponer una cabal coordinación. Creo que, por el momento, se debería volver al menos formal Comité Organizativo de la oposición que funcionó con éxito hasta octubre de 2012 y organizó las protestas más masivas. Quizá su papel podría ser desempeñado por el Comité de Protestas formado recientemente por activistas de diferentes organizaciones y que ya ha llevado a término varias acciones en defensa de los presos políticos.
Lo más importante, desde mi punto de vista, es que los ciudadanos tengan fe en sus fuerzas y demuestren mayor iniciativa, en lugar de esperar a que les llegue la orden de algún lado.
— El 19 de octubre se certificó la defunción del CC. ¿Cuál fue el error de los organizadores? ¿Se podía haber evitado este desenlace?
— Con solo una o dos reuniones, yo ya tuve claro que muchos de los miembros del CC, por extraño que suene, no estaban interesados en un trabajo eficaz. Se podría clasificar a los miembros del CC en tres grupos: gente que estaba allí por casualidad (que ni siquiera terminaban de entender para qué se habían presentado al CC), saboteadores (que entraron en el CC para frenar conscientemente su labor y para sofocar el activismo y la protesta), y los opositores de verdad (los que querían realmente contribuir con su trabajo al desarrollo del movimiento de protesta). En consecuencia, estos últimos se encontraron en minoría.
Algunos, como yo, simplemente fuimos detenidos, y el trabajo, en la práctica, se estancó al topar con el muro del reglamento burocrático y demás casuística.
No daré nombres concretos, la gente que entiende de lo que estamos hablando ya lo entenderá. Lo único bueno que ha salido de esto es que ahora sabemos con quién no hay que hacer tratos en el futuro. Yo personalmente ya tengo hechas mis “listas negras” (risas). La conclusión general es sencilla: un exceso de formalismo y burocracia en esta fase de nuestra actividad conlleva grandes costes y estanca el trabajo.
— Las autoridades han anunciado que toman un rumbo hacia la transparencia y la competitividad en las elecciones. Representantes de la oposición pudieron presentarse en las elecciones del 8 de septiembre; militantes de Rusia Unida incluso ayudaron a Navalny y a Gudkov a recoger firmas entre los diputados municipales de Moscú. En Ekaterinburgo ganó Yevgueniy Royzman. ¿Hasta qué punto lo considera usted significativo? ¿Y cree usted que estamos asistiendo a una verdadera liberalización del procedimiento electoral?
— Me lo creería si se hubiera llevado a cabo una reforma radical del sistema electoral que ofreciera las mismas condiciones para todos los participantes de las elecciones y limitara al máximo las oportunidades para la falsificación.
Pero lo que estamos viendo es simplemente una trampa para la oposición en la que muchos lamentablemente han caído. Yo no tengo confianza en tales promesas.
Una vez fui a un encuentro con el ex presidente Medvédev. Se debatió la reforma política y también sonaron diversas promesas. Al final no se cumplió prácticamente nada. El objetivo de la élite actual es mantenerse en el poder el mayor tiempo posible. Simplemente están desarrollando nuevas técnicas de manipulación electoral. Cabe destacar también que las técnicas antiguas no han desaparecido: los filtros de los candidatos, el acceso desigual a los medios de comunicación, los “partidos-tapón”, y la persecución penal de los rivales.
Los continuos cambios legislativos tampoco ayudan a establecer unas reglas de juego definidas. Un claro ejemplo son las últimas iniciativas orientadas a incrementar la parte que corresponde a los electos de circunscripciones uninominales en los parlamentos regionales (en Moscú serán directamente el 100 %). Hace nada, las autoridades intentaban promover la construcción de un sistema de partidos y proponían a la oposición ser más activa en la construcción partidista. Ahora, como se han dado cuenta de que en circunscripciones uninominales es más fácil conseguir los resultados deseados, el viento ha cambiado de dirección.
Es decir, la legislación está siendo continuamente adaptada al interés momentáneo de las autoridades.
Por ello, éxitos aislados como la victoria de Royzman en Ekaterinburgo no deben confundirnos: el conjunto del cuadro no ha cambiado. Algunos representantes de la oposición pueden acceder a puestos secundarios de poder pero el sistema sigue siendo el mismo.
— ¿Cómo valora usted los resultados de las elecciones de otoño de 2013? ¿Sigue pensando que las elecciones deben ser boicoteadas?
— En el contexto actual, yo soy partidario del boicot. Pero de un boicot sólido y activo. En las últimas elecciones a la alcaldía de Moscú, cuando quedó claro que una parte de los candidatos serían apartados de la campaña (a mí particularmente ni siquiera me dieron la oportunidad de presentar los papeles para postularme, lo que, considero, fue una infracción de mis derechos constitucionales), yo propuse a todos los candidatos opositores retirar coordinadamente sus candidaturas y llamar a la protesta. Hubiera sido un gran golpe para las autoridades. Por desgracia, “son pocos los verdaderos locos” [referencia a una canción de V. Vysotskiy — NT]: muchos apasionados opositores solo sueñan con acceder al chollo de la Duma (por algo Putin no deja de subir el salario de los diputados). Por ello, de momento resulta imposible llevar a la práctica la táctica del boicot.
Los resultados del movimiento de protesta en las últimas elecciones no me entusiasman. No ha obtenido ninguna victoria seria y las acciones de protesta prácticamente han cesado.
Íbamos a las manifestaciones para pedir unas elecciones limpias. Y ahora muchos animan activamente a la participación electoral como si ya fueran limpias y libres.
El resultado es penoso. Claro que algunos han conseguido elevar sus índices de popularidad. Pero eso no es por lo que los chicos y yo estamos sufriendo los castigos del “Caso Bolótnaya”. Por desgracia, la mayoría prefiere satisfacer sus ambiciones personales o cumplir sus compromisos con el Kremlin. Por eso de momento vamos perdiendo.
— ¿Qué piensa de las próximas elecciones municipales en Moscú?
— Lo más probable es que los candidatos indeseables serán descartados en la fase de registro de las candidaturas. También se utilizarán otros métodos. Un objetivo máximo sería, como ya dije, un boicot activo. Los mínimos consistirían en crear un cuartel común de la oposición, consensuar la distribución de los candidatos más potentes entre las diferentes circunscripciones (para tener en cada circunscripción un “candidato único”) y luego trabajar para la victoria de esta “lista popular”. Si en una circunscripción desean presentarse varios candidatos opositores, celebrar unas primarias o hacer una encuesta de la población para elegir al más potente. Y por supuesto estar preparados para salir a la calle en caso de infracciones, no solamente después de las elecciones sino también en vísperas. Cualquier otra cosa supondría debilitar la protesta.
— A finales del año pasado, Vladímir Putin indultó a Mijaíl Jodorkovskiy, a lo que siguió una amnistía en el marco de la cual fueron liberadas, entre otros, las participantes del grupo Pussy Riot y cinco implicados del “Caso Bolótnaya”. ¿Cree que realmente se trata de un “deshielo”?
— Los discursos sobre el “deshielo” me hacen gracia. Han soltado a algunas personas que prácticamente habían terminado de cumplir sus condenas. Del “Caso Bolótnaya”, que al día de hoy es el mayor juicio político del país, solamente han sido liberadas unos pocos implicados, mientras que para la mayoría están preparando la cárcel. Por tanto, solo una persona ingenua o una que quisiera engañarse a sí misma podría llamar “deshielo” a estas medidas de propaganda previa a los Juegos Olímpicos. En realidad, solo es una ligera subida de temperaturas, más o menos de -20 a -15. Pero seguimos en invierno.

“Nunca hay demasiados líderes”

— Desde su reclusión bajo arresto domiciliario, el Frente de Izquierdas (FI) prácticamente ha desaparecido del campo de la información. ¿En qué estado se encuentra ahora la organización?
— Últimamente el Frente ha padecido fuertes acciones represivas: unos han sido detenidos, otros han abandonado el país para evitar la detención. Durante un tiempo, de hecho, estuvimos prohibidos. Varias personas clave que llevaban gran parte del trabajo han sido desactivadas. Razvozzháyev y yo fuimos detenidos, Aleksey Sajnín emigró, Konstantín Kosyakin ha muerto, Ilya Ponomaryov ha sido apartado de la actividad bajo presiones de la dirección de Rusia Justa.
Nunca hay demasiados líderes. La pérdida de varios a la vez ha golpeado duramente la capacidad de acción del Frente.
Pero tampoco observo una especial desmoralización: los chicos hacen lo que pueden. No se puede ocultar que el FI está pasando por tiempos difíciles pero yo creo que estas experiencias al final solo nos harán más fuertes. “Habrá nuevas victorias, se levantarán nuevos combatientes” [referencia a una canción de N. Dobronrávov — NT].
— No se oye al ala izquierda de la oposición en general. ¿Por qué cree que pasa? ¿Por qué la calle, hasta hace poco tan de izquierdas, ha dejado de serlo?
— Apresan a Udaltsov y acaba la protesta (risas). Para empezar, habría que destacar que el año pasado la “calle” en general se debilitó sustancialmente. Tras el auge de los años 2011-2012, comenzó un período de reacción y reflujo del activismo. Por lo que se refiere al movimiento de izquierdas, la situación es compleja. Cuando hablo de la necesidad de recomponer la interacción entre los diferentes grupos opositores, se entiende que lo primero es poner orden entre nosotros mismos.
El “pelotón de izquierdas” padece todos los males políticos conocidos: división, líderes con insanas ambiciones, excesos de pactismo con las autoridades, o al contrario sectarismos y radicalismos fuera de lugar.
Por eso es tan importante ahora para nosotros engrasar la coordinación interna del movimiento de izquierdas. Hace mucho que propongo crear un único centro de coordinación de fuerzas de izquierdas en que participen representantes de partidos parlamentarios y de las principales organizaciones “antisistema”. Ello podría reforzar nuestra participación conjunta en las campañas de protesta y en el desarrollo de movimientos sociales, permitiría coordinar eficazmente nuestras acciones electorales. Si no, las izquierdas serán desplazadas de la calle por los nacional-populistas y, en las elecciones, habiendo parido una decena de partidos, se estorbarán los unos a los otros, para mayor regocijo de sus oponentes.
Y por supuesto el movimiento de izquierdas necesita rostros frescos y cuadros jóvenes y enérgicos. Lamentablemente la política de cuadros del PCFR, sin ir más lejos, de momento no ayuda. Hay que cambiar lo antes posible o cabe la posibilidad de quedar fuera del proceso político: basta con ver lo que ha sucedido en Ucrania, donde las fuerzas de izquierdas son meras comparsas.
— Por cierto, ¿cómo valora los acontecimientos del “euromaidán”?
— La mayor parte de estos acontecimientos no resulta alentadora. Igual que hace diez años, cuando había que elegir entre dos candidatos de diferentes grupos oligárquicos —Yanukóvich y Yúschenko—, ahora hay que elegir entre el mismo Yanukóvich, los compañeros ideológicos de Yúschenko (Yatsenyuk y Klichkó) y auténticos neonazis.
Es decir, en diez años, la sociedad ucraniana no ha dado lugar a nada más progresista. Resulta triste.
Lo tendrán que decidir ellos mismos, claro está. A fin de cuentas, que celebren un referéndum y decidan en qué unión quieren ingresar: la europea o la eurasiática. Si quieren saber mi opinión, yo, por supuesto, soy partidario de la máxima integración entre Rusia y Ucrania. Lo que ocurre es que Rusia, al día de hoy, ofrece un rostro poco atractivo para tal unión. Y la culpa de ello no es sino nuestra.
— Dos partidos que se autodefinen de izquierdas están representados en la Duma del Estado y otros dos periódicamente lanzan mensajes de izquierdas y proclamas socialistas. ¿Significa eso que el partido del poder se ha quedado con la agenda de las izquierdas?
— El partido del poder y sus satélites hace tiempo que flirtean con las ideas de izquierdas porque esas ideas son muy populares en Rusia. Pero solo flirtean. La naturaleza del gobierno putiniano está muy lejos del socialismo. Un grupo de élite muy reducido controla las fuerzas productivas y las reservas de materias primas. La disponibilidad de partidos de izquierdas en el parlamento, al día de hoy es principalmente una puesta en escena, dado que no pueden influir en la toma de las principales decisiones.
Además, hoy en día, muchos en nuestro país confunden la idea de izquierdas con la idea conservadora de un Estado fuerte y autoritario. Pero son dos cosas muy diferentes.
Quiero destacar que mi oposición no se personaliza en Putin. Si el presidente asumiera un verdadero giro hacia la izquierda, yo le daría mi pleno apoyo. Pero para ello debería limitar, en primer lugar, las ambiciones financieras de sus muchos amigos que en estos años se han acostumbrado a vivir con todos los lujos. Revisar las criminales privatizaciones de los años 90, introducir un sistema tributario progresivo, crear órganos de control popular, apoyar el desarrollo de sindicatos independientes, agravar significativamente las penas por delitos de corrupción, así como adoptar toda una serie de otras medidas.
Y lo más importante: comenzar una transición de la ideología de rapiña y acumulación que predomina en el país a una ideología de justicia y creación. Putin no está dispuesto a ello y lo que vemos hoy en día es tan solo una reforma superficial, no una transformación del sistema.
Por tanto, la agenda de izquierdas sigue vigente. Pero tenemos que hacerla llegar mejor, con más claridad, a los ciudadanos. No llamar tanto al pasado y más al futuro. La idea de izquierdas es la idea de progreso, no la nostalgia por los “buenos viejos tiempos”. Aunque en gran medida realmente hubieran sido buenos.
— En el último año ha crecido bruscamente el nacionalismo de la sociedad. Hubo varios conflictos bastante importantes y muchos pequeños, muchos más que antes. ¿Con qué está eso relacionado, desde su punto de vista, y qué se puede hacer al respecto?
— El germen del nacionalismo está, a un nivel cotidiano, en todas las personas: es una especie de desconfianza natural hacia el extraño. Las personas racionales saben reprimir esos instintos primitivos. A aquellos que no saben controlar por sí mismos su enfermedad los debe meter en vereda el Estado (no solamente con medidas represivas sino sobre todo mediante la educación).
Pero por el contrario nuestro Estado últimamente se ha aficionado a flirtear con oscuros sentimientos xenófobos.
Lo hace, desde mi punto de vista, para canalizar la creciente energía de los ciudadanos descontentos con las políticas de las autoridades hacia el cauce del conflicto interétnico. Al mismo tiempo, sucios negocios con excelentes dividendos favorecen, con ayuda de funcionarios estafadores, la migración ilegal. Todo en conjunto conduce al incremento de los ánimos nacionalistas, especialmente entre los jóvenes. Es realmente una tendencia extremadamente peligrosa.
La oposición debe afrontar con gran responsabilidad este problema. Lamentablemente, al día de hoy, muchos políticos opositores compiten entre sí por hacer las declaraciones más nacionalistas. Claro que jugando la “carta nacional” se obtienen algunos puntos extra en las elecciones pero eso no dice nada bueno de tales opositores.
Desde mi punto de vista, la política opositora en la calle no debe dividir a nuestros ciudadanos por razón de etnia sino, al contrario, favorecer la unión de la sociedad sobre la base del internacionalismo, y explicar a la gente que sus principales problemas y desgracias son causados por la política de las autoridades y no por los foráneos. Sería estupendo que la oposición impulsara una Marcha de la Amistad a la que fueran invitados representantes de las diferentes comunidades étnicas.
— ¿Podría contarnos en qué punto se encuentra ahora mismo su proceso penal?
— Nuestro proceso penal fue una causa separada de la principal del “Caso Bolótnaya”. Los instructores entienden que Razvozzháyev y yo conspiramos con servicios extranjeros de inteligencia (representados por el malvado georgiano Guivi Targamadze) y nos entregamos de lleno a la organización de disturbios masivos. Las principales pruebas de la acusación son grabaciones realizadas con cámara oculta por personas desconocidas y entregadas al canal de televisión NTV, así como las declaraciones de Konstantín Lébedev que ha cerrado un trato con los instructores. Por supuesto, negamos tajantemente estas absurdas acusaciones.
Entre junio (cuando me dieron a conocer la versión definitiva del escrito de acusación) y noviembre del año pasado, me han estado llevando cada día al Juzgado de Instrucción. Podían haberme contratado a media jornada: pasaba 6-7 horas estudiando los 85 volúmenes de la causa.
Se trata de una lectura apasionante. Más adelante se podría hacer con estos materiales un buen guion para una película de espías, algo así como “TASS está autorizado para declarar” [serie soviética de espías — NT].
Sin embargo, medio año más tarde esta apasionante lectura llegó a su final y en diciembre el Juzgado de Instrucción remitió nuestro caso a la fiscalía para la aprobación definitiva de la acusación. La fiscalía lo aprobó todo y se lo hizo llegar al tribunal. Pero el 26 de diciembre el Tribunal Municipal de Moscú devolvió el caso a la fiscalía tras haber considerado que el pliego de cargos contenía errores en su redacción.
En concreto, el Juzgado de Instrucción no había definido concluyentemente qué testigos intervendrían por parte de la acusación y cuáles por parte de la defensa. Yo pienso que esta inesperada decisión del tribunal está relacionada con la voluntad de las autoridades de no estropear el festivo ambiente olímpico, por lo que han decidido retrasar un poco el comienzo de nuestro juicio, hasta después de los Juegos.
— ¿Cómo se encuentra usted bajo arresto domiciliario? ¿Cómo pasa el tiempo?
— Mi arresto domiciliario comprende la prohibición de abandonar el apartamento, de relacionarme con nadie salvo con mi familia más cercana y con los abogados, de utilizar el teléfono e internet. Llevo una pulsera electrónica en el tobillo que permite al Servicio Penitenciario Federal controlar todos mis desplazamientos. Hasta pueden hacer seguimiento de mi temperatura corporal.
Así que si —no lo quiera dios— me muero, los primeros en saberlo serán los de la inspección penal (risas).
Mis compañeros son los que llevan ahora mismo todos mis blogs en la web y los abogados emiten los comunicados a los medios de comunicación. En general, las principales noticias me van llegando, aunque no tan rápido como en libertad. Por cierto, que la práctica del arresto domiciliario todavía contiene muchas lagunas. Hace varios meses que no puedo visitar al médico para que me gradúe la vista. Conforme a las instrucciones del Ministerio de Justicia y del Servicio Penitenciario Federal, puedo llamar a una ambulancia pero la visita regular al médico no está prevista.
Sin duda, el arresto domiciliario obliga a desarrollar la autodisciplina. De lo contrario, se puede uno asalvajar, engordar y degradar. Por suerte, no tengo ninguna dependencia del alcohol, o podía haberme dado a la bebida.
La seguridad de tener la razón de mi parte, el ejercicio físico, los buenos libros y, por supuesto, el contacto con mi familia y con los abogados, que me apoyan mucho, ayudan a no relajarme.
Intento tomar apuntes, algo así como un diario, y voy escribiendo un libro en base a ellos. Quiero hablar de la oposición rusa, de nuestros revolucionarios. Dostoyevski en su momento escribió sobre este tema “Los Endemoniados”. Quizá yo llame a mi obra “Los Tontolabas” (risas). También voy adquiriendo algunos hábitos no muy sanos: por ejemplo, veo más la televisión y ahora me conozco los nombres de las series. Ahora podría debatir de tú a tú con las abuelas del portal.
— ¿Cuál fue la prueba más difícil para usted en este período?
— La conciencia de que meses de vida pasan en balde, la incomunicación, la imposibilidad de hacer algo útil. Encerrado en casa, como en un desván, una especie de “hombre superfluo” [personaje tipo de la literatura rusa del s. XIX — NT]. Al principio, eso me cargaba mucho psicológicamente. Ahora me he acostumbrado pero sigue siendo el principal problema. Me puedo imaginar lo intensamente que lo viven quienes están en aislamiento preventivo. El resto, a fin de cuentas, son minucias.
— ¿Cuál es su pronóstico para el caso? ¿Y qué planes tiene, en general, para el futuro?
— Por dentro estoy preparado para cualquier desenlace. No siento ningún miedo. Sé que soy inocente. Mis planes de vida son sencillos: seguir siendo una persona, superar las adversidades con dignidad, no traicionarme a mí mismo, a mi familia ni a mis amigos. Ahora no veo sentido en hacer unos planes más detallados. Solo puedo decir una cosa inequívocamente: que mis convicciones y mis principios no han cambiado en los últimos tiempos.

El presente texto fue apuntado y entregado por los abogados de Serguey Udaltsov.