lunes, 9 de noviembre de 2015

Corrida de toros vista desde la URSS de los 60

Fragmento del libro autobiográfico Ni un día sin escribir del escritor soviético Yuri Olesha publicado en 1965.

Original


Ayer estuve viendo en Srétenka, en Noticias del día, la crónica internacional. Recorren la pantalla delgaditas figuras de indonesios con cascos y fusiles, arde, explotando entre humo y fuego, una enorme hoguera de papeles y objetos arrojados desde un edificio de varias plantas...

Los operadores de hoy filman las crónicas con épica, utilizando recursos de cinematografía artística, ajustando los ángulos de tomas y los primeros planos. El aire es gris por el humo, atraviesan rápidamente la pantalla los cascos, el aire gris, el gris asfalto, agitados lienzos del humo negro.

Fui a ver la crónica porque, según supe por la prensa, incluía un fragmento de la vida española: una corrida de toros. Empieza el fragmento. No recuerdo si un texto o el mensaje del locutor nos informa de que en España se mantiene la corrida de toros y de que a continuación se podrá ver la crónica de un espectáculo de ese tipo grabada en un circo de Madrid y que cuenta con la intervención de un conocido matador.

Primero aparece una sección del circo, una especie de coliseo inundado por la luz del sol que, por el ángulo de la filmación, recuerda una rodaja de sandía volcada, cubierta por un bullicioso semillero humano. Un primer plano de dos españolas, casi desnudas, que menean, bañadas por el sol, sus abanicos. Y a continuación el plano medio de un picador montado en un caballo al que obliga a permanecer en el mismo lugar, levantando una pata y luego la otra, como si tuvieran un resorte dentro, a la espera del toro. Desde el vacío del ruedo corre, dándome la espalda, un toro negro con dos espadas adornadas con cintas clavadas en el lomo, haciéndome pensar en una especie de insecto herido que arrastra y no consigue recoger los élitros. Y de repente dos figuras acaparan la secuencia: ¡el toro y el matador! Siento como el corazón me late con miedo y arrebato. ¡Conque eso es lo que hacen los matadores, esos espadas! Está muy cerca del toro, rozándole, envuelto por su cuerpo que lo rodea mientras persigue el capote con el que juega el otro, aquel conocido matador. En esos escasos instantes, mientras se agita ante mí ese recuadro oscuro, jadeante, siento que se accionan ante mí misteriosas y violentas fuerzas del espíritu. Me había convertido en una mujer enamorada del matador pero al mismo tiempo despreciaba como nunca a las mujeres, y no paraba de latirme el corazón, y sentía ansias de gritar junto a todo ese ancestral circo.

¡No quiero imaginar lo que me diría Mayakovski que, ante la corrida de toros, lamentaba que el toro no llevara una ametralladora incorporada en la cornamenta para disparar al público!

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