martes, 31 de mayo de 2016

Nosabenada en la Luna. Capítulo 9

«Nosabenada en la Luna» (1965) es la tercera parte de la trilogía infantil creada por Nikolay Nósov y dedicada a las aventuras de Nosabenada (Neznayka) y el mundo de los enanitos. Nosabenada vive en la Ciudad de las Flores, una utopía rural que progresivamente incorpora elementos tecnológicos a lo largo de la saga. El protagonista es un chiquillo, un tanto vago y algo ignorante, por lo que regularmente se mete en líos y complica las cosas, aunque al final siempre se esfuerza por mejorar.
La trilogía evoluciona de un estilo y un contenido más naif hacia una mayor complejidad y un público de mayor edad. Si en el primer libro Nosabenada va a parar a la Ciudad Verde donde es tomado por un genio de la ciencia, en el segundo visita la Ciudad del Sol, una utopía tecno-comunista. En el tercer libro Nosabenada viaja a la Luna, bajo cuya superficie descubre una sociedad capitalista hostil y completamente desconocida para él...
En 1999 se filmó un largometraje de dibujos animados basado en el tercer libro de la saga.
Capítulo 9. Nosabenada conoce a Feagle y a Meagle
Dejando atrás a sus perseguidores, Nosabenada salió pitando por una calle rodeada por ambos lados con altas verjas. Desde detrás de las verjas le llegaban incesantes ladridos por lo que Nosabenada tenía la sensación de que los fieros canes todavía le estaban persiguiendo. El miedo hizo que no se fijara siquiera en el camino que estaba siguiendo y, cuando empezó a volver poco a poco en sí, se dio cuenta de que se encontraba en una calle con un tráfico animado. Solo entonces miró hacia atrás y vio que los perros que le habían dado aquel susto ya no estaban. A su alrededor circulaban por la acera enanitos lunares, nadie corría, nadie parecía tener interés en agredir a Nosabenada. En esta calle ya no se levantaban las cerradas tapias de madera. Por el contrario, a ambos lados se elevaban altos edificios que alojaban, en las plantas bajas, tiendas de todo tipo.
Poco a poco anocheció. Por todas partes se encendieron las farolas. Las vitrinas de los comercios se iluminaron con la luz que manaba con suavidad desde su interior. Sobre las paredes de las casas refulgían y centelleaban anuncios luminosos. Cuanto más avanzaba Nosabenada, más se ensanchaban las calles, más altos eran los edificios, más engalanados los comercios y más brillantes las luces de los anuncios publicitarios. Las calles quedaban atravesadas por pasos elevados y afiligranados arcos de metal sobre los que se habían instalado distintas atracciones: columpios, tiovivos, toboganes en espiral, “caballitos saltarines”, “bicicletas voladoras”, así como norias de todas las clases y tamaños. Todo giraba, se balanceaba, se tambaleaba, saltaba, coceaba, y resplandecía con la luz de miles de bombillas eléctricas.
Especialmente destacaba en medio de todo aquel esplendor una enorme noria que no solo daba vueltas como una noria normal, sino que además se balanceaba hacia los lados, como si se fuera a desplomar sobre los transeúntes.
Miles de enanitos trepaban por escaleras para montar en los columpios, dejarse sacudir por los caballitos mecánicos de madera, darse un garbeo por lo alto de la calle en una bicicleta especial fijada a un cable, dar vueltas en un tiovivo o en una noria.
Abajo, a lo largo de las aceras, se hallaban instaladas filas de espejos curvos para que cualquiera pudiera partirse de la risa contemplando su alargado, aplastado o inverosímilmente desfigurado reflejo.
Ahí mismo, delante de los restaurantes y cafeterías, se habían colocado numerosas mesitas. Muchos enanitos estaban allí, cenando, tomando té, café o gaseosa con sirope, comiendo helado o simplemente saboreando un tentempié. Otros bailaban ahí mismo al son de la música que llegaba de todos lados. Camareros y camareras corrían entre las mesas con bandejas, sirviendo distintos manjares a los comensales.
Al ver a los enanitos cenando, Nosabenada recordó que hacía tiempo que no comía nada. Sin pensárselo dos veces, se sentó en una mesa libre. Al momento un camarero vestido con un pulcro traje negro le preguntó qué deseaba comer. Nosabenada deseó un platito de sopa y, a continuación, una ración de macarrones con queso. A continuación ingirió dos raciones de fardelillos de col, se tomó una taza de café y remató la faena con un helado de fresa. Todo resultó estar extraordinariamente delicioso.
Habiendo saciando su hambre, Nosabenada se sintió feliz y benevolente. De puro contento, le dieron ganas de cantar o de hacer algo bueno por alguien. Sentado a la mesa, escuchaba la música, contemplaba a los que bailaban y escrutaba con la mirada a los lunáticos de las mesas vecinas. Todos conversaban animadamente entre sí y reían alegremente. Todos tenían un aspecto amable y agradable. El enanito de negro que había servido la comida a Nosabenada también le miraba con benevolencia.
«Bueno, ¡esto no está nada mal! — pensó apaciblemente Nosabenada. — ¡Se ve que también en la Luna hay enanitos amables!»
Todo lo sucedido hasta aquel momento empezó a parecerle una especie de malentendido o un mal sueño que no merecía la pena recordar.
Nosabenada se levantó de la mesa, se despidió del camarero con un gesto y emprendió la marcha pero el camarero le alcanzó rápidamente y con educada sonrisa pronunció:
— Estimado amigo, se olvida usted de pagar.
— ¿De qué? — inquirió con amable sonrisa Nosabenada.
— De pagar, estimado amigo: ¡el dinero!
— ¿Dinero? ¿Qué dinero, estimado amigo?
— Debe usted, estimado amigo, pagar dinero.
— ¿Dinero? — pronunció, desconcertado, Nosabenada. — ¿Qué es eso, estimado amigo? Es que, a ver si me explico, es la primera vez que oigo esta palabra.
La sonrisa se borró inmediatamente de la cara del camarero que hasta palideció de una forma poco natural por el enfado.
— ¿Conque esas tenemos? — farfulló. — ¿Que es la primera vez que oyes esta palabra? ¡Esto no va a quedar así!
Agarró a Nosabenada de la mano, le arrastró hacia un lado y sopló con fuerza en un silbato que había sacado del bolsillo. Al momento apareció como de la nada un robusto enanito vestido con uniforme azul con brillantes botones de metal y un casco cobrizo sobre la cabeza. En las manos sujetaba una pesada porra de goma y en la cintura llevaba una pistola enfundada.
— Señor policía, ¡este no quiere pagar! — se quejó el camarero de Nosabenada.
— ¿Cómo te atreves a no soltar el dinero, animal? — rugió el policía apoyando las manos en las caderas y exhibiendo su gorda barriga.
— En primer lugar, no soy un animal, — respondió muy digno Nosabenada, — y en segundo lugar, no tengo eso del dinero. Yo no le he cogido ningún dinero y ni siquiera lo he visto.
— ¿Y esto? ¿Esto lo has visto? — preguntó el policía a Nosabenada poniéndole la porra en la cara.
Nosabenada instintivamente se echó hacia atrás.
— ¿Qué te parece que es esto? — preguntó el policía. — ¿A qué huele?
Nosabenada olisqueó con cuidado el extremo de la porra.
— Parece un palo de goma… — murmuró.
— ¿“Palo de goma”? — le hizo burla el policía. — ¡Está claro que eres un burro! Es una Porra de Goma Mejorada con Pistola Eléctrica. Abreviadamente PGMPE. ¡Ponte firme! — ordenó. — ¡Manos extendidas! ¡Y ca-lla-di-to!
Nosabenada levantó automáticamente la barbilla y estiró las manos. El policía le dio un toque en la frente con la punta de la porra. Sonó un chasquido. Una descarga eléctrica golpeó a Nosabenada tan fuerte que vio estrellas, escuchó un zumbido en la cabeza y se tambaleó, incapaz de mantenerse en pie. El policía agarró a Nosabenada por el pescuezo, hurgó en sus bolsillos y, al no encontrar nada, le arrastró a través de la multitud que se había arremolinado en torno a ellos.
— ¡Dis-pér-sen-se! ¡Nada que ver! — gritaba agitando amenazadoramente la porra.
La multitud inmediatamente se dispersó. El policía arrastró a Nosabenada a través de la calle, hasta un estrecho callejón en el que estaba aparcado un negro vehículo de la policía parecido a una furgoneta con una pequeña ventanilla enrejada en la parte de atrás. Abrió la puerta, señaló a Nosabenada con el dedo hacia el interior y, frunciendo el ceño, pronunció:
— ¡Arreando!
— ¿Qué significa “arreando”? — no entendió Nosabenada.
— ¡Significa que entres deprisita en la furgoneta, antes de que me enfade! — gritó el policía.
Al ver que Nosabenada vacilaba, le empujó por detrás con la porra con tal fuerza que aquel entró volando en la furgoneta.
Antes de que Nosabenada se diera cuenta de lo que había sucedido, la puerta se cerró de golpe detrás de él. Tras levantarse del sucio y pringoso suelo, Nosabenada empujó la puerta con el hombro pero esta no se abrió. Entonces la aporreó con todas sus fuerzas y gritó:
— Hey, ¿pero qué es esto que tenéis montado aquí?
El policía, sin embargo, no se molestó en contestarle, se sentó al lado del chófer en la cabina y ordenó:
— Rápido, ¡a la comisaría!
Sonó el rugido del motor. El automóvil brincó por los adoquines de la calzada y en un cuarto de hora Nosabenada ya se encontraba en la comisaría. El policía, que, por cierto, se llamaba Feagle, entregó a Nosabenada a otro policía que se llamaba Meagle. El policía Meagle vestía el mismo uniforme que Feagle, solo que sus botones no brillaban tanto como los de aquel. Eso probablemente era debido a que el policía Meagle no cumplía con su deber al aire libre, sino en unas instalaciones cerradas y mal ventiladas que habían hecho que el metal de los botones poco a poco se fuera oxidando y perdiendo color.
Por todas las paredes de estas dependencias había altos armarios que contenían los datos de toda clase de delincuentes. En medio se situaba una fuerte mesa de roble con pesadas patas rectas y rectangulares. Detrás de la mesa, a un lado, estaba colocada una cámara fotográfica para ilustrar las fichas y, al otro lado, una máquina de rayos X con la que se examinaba a los detenidos para ver si habían escondido joyas en el estómago. Al lado de la puerta había un instrumento para medir la altura de los criminales que consistía en una larga vara vertical colocada sobre una plataforma y a la que se había fijado un listón móvil.
Sobre la mesa había un teléfono, una caja con impresos en blanco para registrar a los detenidos, una fina cajita con tinta tipográfica para tomar las huellas dactilares y el cobrizo casco de Meagle.
Para mayor precisión, habría que indicar que el cobrizo casco de Meagle relucía con menos fuerza que el casco de Feagle. Este hecho se hizo especialmente notorio cuando Feagle, al entrar en la habitación, se quitó su casco y lo colocó sobre la mesa, al lado del casco de Meagle. Al mismo tiempo, se pudo observar el gran parecido entre Feagle y Meagle: ambos eran de pómulos salientes, anchos rostros, bajas frentes, cortos y oscuros pelos en punta que les crecían prácticamente desde las cejas.
Pese al gran parecido exterior los temperamentos de Feagle y Meagle eran harto distintos. Si Feagle era un enanito enfadado que no toleraba, según sus propias palabras, ni media objeción, Meagle, por el contrario, era muy charlatán e incluso chistoso. En cuanto la puerta se cerró detrás de Feagle, Meagle dijo a Nosabenada:
— Le diré, querido, que soy el primero de entre los policías, dado que lo primero que ve usted al llegar aquí no es sino mi cara. ¡Jo-jo-jo! ¿Verdad que ha sido un buen chiste?
Y sin dejar a Nosabenada responder a la pregunta formulada, prosiguió:
— Mi primera obligación es aclarar la identidad de todo delincuente que es atrapado, es decir, en este caso, su identidad.
— ¡Pero yo no soy un delincuente! — objetó Nosabenada.
— Todos dicen eso, querido, — le interrumpió Meagle, — porque el objetivo de todo delincuente es despistar a la policía, comerle, por decirlo de alguna forma, el coco, y aprovecharlo para escapar. Debo, sin embargo, advertirle, querido, que no lo conseguirá, dado que empleamos técnicas muy precisas de investigación criminal, como podrá comprobar usted mismo a continuación. Por favor, indíqueme su nombre.
— Nosabenada.
— ¿Lo ve? — dijo Meagle, — usted dice que se llama Nosabenada pero ¿cómo puedo saber yo que Nosabenada es su auténtico nombre? Es posible que, tras el nombre de Nosabenada, se esté ocultando un peligroso criminal. Porque a los criminales les encanta cambiar de nombre. Usted, por ejemplo: hoy se hace llamar Nosabenada, mañana, Todolosabe, y pasado mañana, Quiéndemoniossabe (¡Jo-jo! ¡Qué buen chiste!) ¡Como para aclararse! Sin embargo, nosotros siempre nos aclaramos a la perfección. Le invito a que se fije en estos tres armarios. Contienen las fichas de todos los delincuentes con los que alguna vez hemos tenido que tratar. Pero si tuviéramos que buscar su ficha en los tres armarios tardaríamos más de tres años. Para acelerar la búsqueda clasificamos a todos los delincuentes en tres categorías. En el primer armario están todos los delincuentes de alta estatura. En el segundo, los de estatura media. Y en el tercero, los de baja estatura. Para localizar su ficha debemos medir su estatura.
— Pero usted no puede tener mi ficha, porque acabo de aterrizar en su planeta, — respondió Nosabenada.
— Todos dicen eso, querido, ¡absolutamente todos! — exclamó Meagle sin escuchar a Nosabenada. — Suba, por favor, a esta plataforma. Así… ¡Quédese quieto! ¡Los pies juntos! ¡Manos estiradas!
Al decirlo, Meagle pegó la nuca de Nosabenada a la vara vertical, bajó el listón hasta que este se puso a la altura de su cabeza y anotó la altura que indicaba el dispositivo.
— Bien, — dijo él. — Su altura en unidades de medida estándar es de setenta y dos. Por tanto, es usted un enanito de estatura media y debemos buscar su ficha en el segundo armario. Esto, sin embargo, no es todo. Como puede usted comprobar, cada armario dispone de tres secciones. En las secciones superiores de cada armario depositamos enanitos de grandes cabezas; las secciones intermedias contienen enanitos con cabezas de tamaño medio; y finalmente las secciones inferiores, enanitos de cabezas pequeñas. Medimos la circunferencia de su cabeza… así… Treinta unidades. Comprobamos, por tanto, que su cabeza es grande. Por consiguiente, habrá que buscar su ficha en la sección superior. Pero esto todavía no es todo, porque, como puede ver, en cada sección hay tres baldas. En las primeras baldas están todos los enanitos de narices largas; en las segundas, los de narices medias; y en las últimas, los de narices cortas. Medimos su nariz y verificamos que su longitud es de tan solo dos unidades y media, es decir, que es corta. Su ficha, por consiguiente, deberá estar en la tercera balda de la sección superior del armario segundo. Y ahora solo queda una minucia, dado que todas las fichas están ordenadas por estatura. No nos interesan los criminales de setenta ni de setenta y uno de estatura, por tanto, los desechamos; tampoco nos interesan las narices de dos o de medio, los desechamos… Y aquí está su ficha, todo coincide: estatura: setenta y dos, circunferencia de la cabeza: treinta; nariz: dos y medio… ¿Sabe quién es usted?
— ¿Quién? — preguntó, asustado, Nosabenada.
— El conocido hampón y asaltante llamado Pimpollo que ha cometido dieciséis atracos a trenes, diez asaltos armados a bancos, se ha fugado siete veces de la cárcel (la última vez, el año pasado, tras sobornar a los guardias) y ha robado joyas por un total de ¡veinte millones de trólares! — le informó Meagle con alegre sonrisa.
Nosabenada, perplejo, imploró:
— ¡Pero qué dice! ¡Qué dice! ¡Ese no soy yo!
— ¡Claro que sí, señor Pimpollo! ¡No se corte! Con todo ese dineral que tiene usted no creo que tenga nada de que preocuparse. Me imagino que le quedará algo de esos veinte millones. Sin duda, habrá escondido una parte. ¿Por qué no me da algunos cientos de miles y yo le dejo en libertad? Nadie más que yo sabe que es usted el famoso atracador Pimpollo. En su lugar meteré en la trena a algún vagabundo y todo volverá a estar en orden, ¡se lo prometo!
— ¡Le aseguro que se equivoca! — dijo Nosabenada.
— ¡Vamos! ¡Qué vergüenza, señor Pimpollo! ¿Me escatima unos miserables cien mil trólares? Con unos ingresos como los de usted yo no escatimaría ni doscientos mil con tal de quedar en libertad. Bueno, dejémoslo en cincuenta mil… Bueno, veinte… Le prometo que no puedo seguir bajando... Deme veinte mil y márchese por donde ha venido.
— Es que no entiendo de qué me habla, — se encogió Nosabenada de hombros. — Yo no soy Pimpollo y...
— Lo sé, sé todo lo que va a decir, — le interrumpió Meagle. — Usted no es Pimpollo y no se quedó con ningún dinero, pero es que aquí, en su ficha, lo pone todo. Estatura: setenta y dos. ¿Es su estatura o no? Cabeza: treinta. ¿Es su cabeza? Nariz: dos y medio… Si hasta hay una fotografía.
Nosabenada miró la fotografía pegada a la ficha y dijo:
— No es mía. No me parezco en nada a este enanito.
— ¡Exacto! ¡No se parece en nada! ¿Y por qué? Porque ha cambiado de aspecto. Aquí, querido, se puede hacer cualquier cosa por dinero. Se puede modificar el aspecto e incluso alargar la nariz. Ya hemos tenido casos de ese tipo.
— ¡No me he alargado la nariz! — contestó, indignado, Nosabenada.
— Todos dicen eso, querido, créame. ¡Pero bueno! Si no quiere darme veinte mil, déme al menos diez… Si va a la cárcel, allí le exigirán más. Le dejarán sin blanca, acabará siendo un mendigo en lugar de millonario y llorará amargas lágrimas pero será tarde. Bueno, deme cinco mil, aunque sea… ¡O mil! ¿Es que quiere que le deje marchar gratis? No, tendré que mandarle un par de días al calabozo, puede que allí recapacite. Y ahora cumplamos con algunos trámites.
Tras extraer un impreso blanco del cajón, Meagle apuntó en él el nombre de Nosabenada, la estatura, la talla de cabeza y la de nariz, le tomó una fotografía, le pasó los rayos X y a continuación le manchó los dedos con tinta negra y le obligó a dejar sus huellas dactilares en el impreso.
— Enviaremos sus huellas dactilares a investigación y las compararemos con las huellas dactilares de Pimpollo, y entonces, espero, podrá comprobar por sí mismo que usted es usted, es decir, Pimpollo, y deje de discutir conmigo. Y ahora debo despedirme de usted.
Meagle apretó un botón, sonó un timbre eléctrico y entró por la puerta el policía Dreagle, con el mismo rostro algo imbécil de pómulos salientes, baja frente y corto pelo en punta.
— ¡Al calabozo! — ordenó bruscamente Meagle señalando a Nosabenada.
Dreagle miró con aire sombrío a Nosabenada y abrió la puerta delante de él.
— ¡Arreando!
Al ver que Nosabenada pretendía decir algo más, levantó amenazadoramente la porra y graznó cual cuervo:
— ¡R-r-rápido, he dicho! Sin r-r-rechistar!

Dándose cuenta de que, efectivamente, dialogar no iba a servir de nada, Nosabenada se rindió y salió por la puerta.

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