miércoles, 5 de marzo de 2014

Ucrania, Crimea y Rusia: ¿qué cabe esperar en un escenario estable?

File:Ukraine GRP per capita 2008 US dollars (nominal).png
PIB per capita por regiones en Ucrania
Servicio Nacional de Estadística de Ucrania (2008)
¿Qué cabría esperar de un escenario estable en Ucrania, Crimea y Rusia? Si se evita mayor derramamiento de sangre y si se celebran con relativa normalidad el referéndum en Crimea y las elecciones presidenciales en Ucrania, la región podría alcanzar un nuevo equilibrio.


Crimea acabaría unida de facto (que no de iure) a Rusia, al estilo de Abjasia u Osetia del Sur. Improbable que se cumplan en ese caso los malos augurios para la economía de la península que se lanzan desde Ucrania: el régimen ruso daría absoluta prioridad a la región y la inundaría con inversiones, como ya se insinúa con la aceleración del proyecto de puente entre Kerch y la región de Krasnodar que unirá Crimea con Rusia. Esta estrategia de contención de conflictos mediante "la zanahoria" ya se viene dando desde hace un tiempo en el Cáucaso, despertando no pocas críticas en la Federación.

La conflictividad interna de Crimea se insinúa escasa: si no hay tiros, la población estará contenta de estar aislada de la depresión y los posibles enfrentamientos de Ucrania. Incluso los tártaros, tradicionalmente rusófobos, tienen razones para contenerse: la comunidad tártara de Rusia ya les ha llamado a la moderación para no sufrir represalias en su país y, por otra parte, es probable un esfuerzo importante del gobierno crimeo por su integración política en una Crimea eventualmente independiente.

En Ucrania, si las elecciones presidenciales se presentaban reñidas (la euforia del euromaidán podría verse contrarrestada por los desmanes de la extrema derecha), ¿qué posibilidades tiene ahora la oposición sin la participación de Crimea y una administración bajo el control de los partidos que hicieron la revolución? Lo más probable sería la victoria de un candidato del euromaidán y un gobierno liberal-conservador bastante inestable, con un papel difícil de prever de la extrema derecha. También se ha llegado a comentar la posibilidad de un candidato "de consenso" (¿consenso entre quién?). De momento, se trata de una posibilidad poco clara. En todo caso, a escasos días del golpe-revolución, las relaciones entre Moscú y las nuevas autoridades ya están en marcha: el conflicto real siempre es menos intenso que el escenificado (cosa que hace especialmente trágicas las víctimas mortales).

La incertidumbre económica de momento se mantiene: ¿qué harán las nuevas autoridades para evitar la suspensión de pagos? El préstamo que podría aprobar la Unión Europea esta semana podría cubrir los agujeros más flagrantes. Pero tanto los préstamos europeos como los del FMI, llevarán una letra pequeña con unos costes sociales imprevisibles. Y estarán condicionados, con toda seguridad, a la estabilidad del país, algo que todavía está lejos de estar garantizado.

Por lo que se refiere a Rusia, lo que se puede afirmar en primer lugar es que la rápida y por el momento eficaz intervención de Putin en Crimea le suma puntos en las encuestas. O en todo caso le permite afrontar desde una mejor posición la inminente crisis económica y financiera hacia la que se encamina Rusia. La intervención y la forma en que se está llevando a cabo le ha permitido reconducir, al menos a corto plazo, lo que era una derrota de su proyecto en Ucrania en una reafirmación personal a nivel interno.

Es verdad que los liberales y movimientos pacifistas ya están protestando enérgicamente contra las acciones del gobierno (hasta 40 detenidos en la jornada de ayer en Moscú). Pero lo cierto es que la mayoría de los rusos piensan que, con una intervención militar o no, "algo" había que hacer: para ellos no se trata de una guerra lejana en un país extraño sino de ayudar a otros rusos en una situación de amenaza, en muchos casos incluso a familiares. Tampoco se pueden desdeñar los tres millones de ucranianos que residen en Rusia y mantienen estrechos lazos con las regiones rusófonas del país. Y un último factor que siempre está presente en el país es la memoria de la lucha antifascista en cuyo imaginario los nacionalistas ucranianos se funden con las tropas hitlerianas que avanzan hacia Moscú.
Si se contextualiza lo que está pasando con la política de los últimos años de Putin de interceptar la agenda al mismo tiempo a las izquierdas y a los nacionalistas (el eufemismo con el que se denomina a la extrema derecha en Rusia y Ucrania), se entenderá que una intervención exitosa en Crimea no podría sino consolidar su poder. Y que los liberales se queden con su minoritario nicho electoral concentrado en la capital.

La tensión internacional, por aguda que sea en estos momentos, se relajará si la situación se estabiliza. Occidente ya ha dado a entender por la boca pequeña que no va a intervenir militarmente. Las sanciones internacionales (al igual que otras "rupturas" anunciadas), como acertadamente apuntó Putin en su rueda de prensa de ayer, son un arma de doble filo en un mundo tan interconectado como en el que vivimos. Tan grandes y tan entrelazados con la economía global son los intereses implicados en Rusia y en Ucrania que parece improbable que los poderes fácticos permitan que se mantenga una situación tan contraria a sus intereses.

Todo esto, claro está, en un escenario estable. Suponiendo que se controle la situación en Crimea, suponiendo que Putin no apueste por la desestabilización de las regiones sudorientales de Ucrania, suponiendo que Kiev consiga controlar a las milicias de extrema derecha en las que se apoyó, suponiendo que se celebren y sean reconocidas por todas las partes las convocatorias electorales previstas, suponiendo que el nuevo gobierno consiga encontrar financiación para los gastos que le esperan, suponiendo que el pueblo de Ucrania acepte soportar las condiciones de los prestamistas... Todo lo cual evidentemente es mucho suponer.

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