miércoles, 26 de febrero de 2014

El drama de Ucrania y los comentaristas rusos

Дымовая завеса протестующих © rbc.ua
“Línea de frente” en el Maidán © rbc.ua

Autor: Borís Kagarlitskiy

Redactor jefe de la revista Rabkor.ru, Director del Instituto de Globalización y Movimientos Sociales, historiador y sociólogo, autor de libros tales como “La rebelión de la clase media” (2003), “De los imperios al imperialismo” (2010), “El imperio periférico” (2012).
Traducido por Antonio Airapétov
Los fervorosos conservadores y los liberales radicales tienen una cosa en común: ni los unos ni los otros se rebajan a hacer un análisis de procesos sociales. Ven la raíz de los males en las personalidades, solo cambian los nombres… La resistencia a pensar más allá siempre encuentra alguna convincente explicación. Unos, admiradores del Maidán de Kiev, rechazan cualesquiera comentarios críticos tachándolos sin más de “complejos imperiales” de la Gran Rusia que impiden valorar adecuadamente la “revolución nacional” ucraniana (esta etiqueta de “complejos imperiales” se aplica aunque el incómodo comentarista sea un ucraniano de Kiev). Los conservadores, por el contrario, repiten como loros su absurdo repertorio de clichés sobre técnicas de manipulación política, conspiraciones e influencia extranjera. A todo ello, independientemente de si se trata de acontecimientos que tienen lugar en Egipto, Malí o Ucrania, la conspiración invariablemente está dirigida contra Rusia.
Este tipo de razonamiento es extremadamente cómodo. Permite no analizar los hechos, no desarrollar argumentos, no contraargumentar. Permite no pensar en general.
Leyendo las discusiones que se dan en la red, se asombra uno de la lógica que utilizan los autores.
“No importa cómo terminará todo esto en Ucrania —escriben—. No importa quién llegará al poder, no importa qué políticas adoptará ni qué consecuencias tendrán. ¡Lo importante es que hay disturbios y protestas, y alguien está derribando el poder!”
¡Hasta qué punto hay que despreciar el país y al pueblo vecino para decir y pensar algo semejante!
Claro que no les importa: porque no es su país ni su futuro. Las razones profundas de la celebración de la crisis ucraniana radican en los propios complejos rusos: al inveterado e impotente odio contra nuestras autoridades se une el rechazo de la comprensión de las causas reales de la propia debilidad y de las continuas derrotas. Desde ese punto se vuelve innecesario esclarecer qué está pasando realmente en Kiev: quién está derribando a quién y por qué. Solo importa la compensación emocional simbólica. Si no conseguimos “derribar el régimen” en Rusia, al menos nos alegraremos de que en Ucrania lo hayan conseguido.Тела погибших на Майдане © piter.tv
Cuerpos de fallecidos en el Maidán © piter.tv
Solo queda repetir una y otra vez la manida frase de “Ucrania no es Rusia”, recordando que tanto el Estado, como la crisis, como la configuración política del país vecino es completamente diferente y, en cierto sentido, diagonalmente opuesta a la nuestra. Por muy negativamente que podamos calificar a la administración de Yanukóvich, esta salió de unas elecciones limpias y competitivas, a diferencia del actual gobierno ruso. La derrota del gobierno ucraniano se debe precisamente a que se encontraba maniatado por la ley y por las normas de la república (por muy oligárquica que fuera esta), a diferencia, una vez más, de nuestros círculos gobernantes que no se sienten cohibidos por ninguna limitación democrática.
Precisamente este régimen de “más o menos democracia” es lo que está siendo destruido en estos momentos en Ucrania. Claro que está siendo destruido en gran medida por culpa de las mismas autoridades que, con sus torpes acciones, avaricia y estupidez, llevaron al país al callejón sin salida de la crisis actual; ellas fueron las que han criado y cultivado esos partidos de la derecha nacionalista que hoy se adueñan de la situación. Pero no serán los altos funcionarios del gobierno de Yanukóvich y de su Partido de las Regiones quienes paguen por todo ello sino el pueblo de Ucrania al que ahora se propone sustituir la terrible y corrompida democracia que tenía por el caos o por una dictadura.
Los intelectuales moscovitas celebran en Facebook los sucesos de Kiev sin molestarse lo más mínimo en averiguar quién está luchando contra quién y por qué. En lugar de aclarar cuál es el programa y los objetivos de las partes en pugna, declaran a los combatientes de la ultraderecha “las fuerzas de la luz” y luchadores por la democracia.
¿Qué dirán estos entrañables intelectuales moscovitas si mañana, tras su victoria, estos “partidarios de la libertad” se ponen a quemar libros, cierran la prensa de la oposición, organizan persecuciones contra los disidentes y limpiezas étnicas? ¿Experimentarán los autores de esos posts en Facebook al menos un cierto sentimiento de vergüenza?
Porque esto es lo que va a pasar, y no porque alguien lo hubiera planeado con antelación sino simplemente porque los políticos y activistas de la extrema derecha que al día de hoy constituyen el núcleo duro de la oposición son incapaces de actuar de otra manera, no tienen ningún programa de reformas sociales o económicas y no experimentan el menor aprecio por la democracia ni por los derechos humanos. Y por cierto que lo expresan abiertamente en sus webs que los alegres intelectuales moscovitas del Facebook no se molestan en leer.
Una aplastante mayoría no apoya a ninguna de las partes en Ucrania. Precisamente por eso el conflicto se está alargando y complicando cada vez más. Si el “pueblo ucraniano” realmente se hubiera levantado o, como afirman los comentaristas conservadores, estuviera dispuesto a defender al legítimo gobierno, todo ya habría acabado. Pero lo que ocurre justamente es que el pueblo no tiene lugar en esta confrontación.
Активисты Майдана в центре Киева © svoboda.org
Activistas del Maidán en el centro de Kiev © svoboda.org
Ucrania interesa a los intelectuales moscovitas del Facebook simplemente como una imagen en el monitor. Pero estos juegos no son inofensivos, aunque solo sea porque pueden tener unas consecuencias opuestas a las pretendidas por el público liberal en la política interna rusa. ¿Es que, señores, piensan ustedes sinceramente que el espectáculo de caos y evidente incapacidad de la oposición para mejorar en algo la suerte del país vecino animará a las masas rusas a un levantamiento bajo consignas liberales? ¿Es que no está claro que, en lo psicológico, esta situación no hace sino reforzar al régimen vigente mediante el espejismo de un contraste entre nuestro relativo bienestar y estabilidad (que debemos salvaguardar) y la catástrofe que envuelve al país vecino?
En Rusia, de todas formas, no tendremos bienestar ni tranquilidad. Pero no por el contagio de Ucrania sino porque la crisis económica y la evidente contradicción entre la política del centro federal y los intereses de las regiones reventarán inevitablemente la situación. Pero precisamente por eso es por lo que hoy, cuando aún estamos a tiempo, debemos analizar críticamente el drama de nuestros vecinos y no dejarnos llevar al mismo callejón sin salida repitiendo el mismo escenario catastrófico en el que la única salida de algo malo resulta ser algo mucho peor.
La clave no está, se entiende, en la carencia de elaborados programas sociales y económicos (que tampoco existen en el caso de Ucrania). El problema es la ausencia de un bloque social organizado capaz de ofrecer algo más aparte de consignas y orientado hacia los intereses vitales de la mayoría. La constitución de un bloque debe ser el objetivo de un trabajo serio y a muchos niveles. Parece que Ucrania ha dejado escapar su oportunidad. Pero en Rusia, donde la crisis se está desarrollando más despacio, aún no es tarde. ¿Pero por cuánto tiempo?

Lo trágico de la situación es que, al sobrevenir la crisis, no existía otra alternativa a un gobierno completamente corrompido que una oposición nacionalista y antidemocrática hasta la médula. En lugar de celebrar el Maidán habría que comprender que el país vecino está viviendo una catástrofe de grandes dimensiones, desgarrado por dos clanes criminales. Y sacar las conclusiones pertinentes de los errores ajenos para no repetirlos aquí.

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